Reflexiones

ESE INESPERADO SILENCIO

“A veces guardo la mente escondida en un rincón de una gota de agua.

En ese momento nunca grito; llueva o no, sólo dejo pasar en silencio las nubes”.

Pues sí, es cierto, así soy. Si esperas que te grite, sigue esperando…

Silence and screams


 

LA LITERATURA Y LAS LONJAS

Me pregunta un amigo: “Juan, ¿alguna reflexión sobre la literatura española actual?”. Yo, como no sabía qué decirle, le dije la verdad -las personas libres podemos hacerlo-:

«La literatura española, la mundial no lo sé, es como una lonja. Todas las mañanas los pescadores -autores- presentan su pesca -libros- a los pescaderos -editoriales-. Como el atún está de moda y le gusta a los pescaderos, el 80 por ciento de los pescadores, tanto los más viejos como los más nuevos, pesca atún. Los pescaderos compran atún porque saben que es bien recibido por el cliente final y que lo pueden vender, pero ha llegado un punto en que, de tanto comer atún, el cliente final está empachado, y, aunque se sigue vendiendo, cada vez se vende menos atún. Como el atún se sigue vendiendo pero cada vez menos, lo que hacen los pescaderos es comprarle el atún a los pescadores que tienen fama, o que tienen nombre, aunque su atún sea mil veces peor que el de los pescadores más novatos, incluso aunque sepa a rayos o esté poco fresco, porque los pescaderos saben que con esa fama es más fácil que se venda; por todo ello, los pescadores nuevos quedan relegados. Y aún es peor si estás dentro del 20 por ciento de pescadores que decide no pescar atún, sino otros pescados más diferentes o exóticos, porque la mayoría de pescaderos no te comprará el producto. Y ya, el colmo es si eres pescador nuevo y lo que pescas es algo exótico y diferente al atún; en este último caso, no existes, ni siquiera te consideran, y es casi imposible vender tu pescado, y lo que se termina haciendo es salir de la lonja y buscar mercados alternativos donde poder vender el  pescado, o, si no, se termina tirando el pescado a la basura, a veces cuando ya se ha podrido, otras cuando aún continua fresco.

Para colmo, como la “pesca” es un sector muy importante, ante el descenso de las venta de atún, los pescaderos presionan al gobierno para que les dé dinero y así poder seguir ofreciendo más y más atún al cliente final”».

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Quizá el ejemplo de la lonja es algo burdo, pero a mí modo de entender se asemeja al mercado Editorial más de lo que parece. En primer lugar, porque la lonja vende alimento, lo mismo que las Editoriales, que venden -o deberían vender, porque algunas no lo hacen- alimento para el alma. En segundo lugar, porque los dos mercados huelen muy mal; las lonjas, porque el pescado es el pescado y no tiene un olor muy agradable; las Editoriales, porque la vagancia y la falta de valentía de autores y editores ha hecho que se reconcentre el mal olor entre las hojas de los libros editados.

No obstante, aún quedamos algunos que amamos mucho lo que hacemos y queremos cambiar las cosas. Yo, como escritor, estoy dispuesto y comprometido a hacerlo. Mi obra, Agua seca y sal, que estará a final de año en el mercado, es el ejemplo perfecto de cómo se pueden hacer cosas distintas y nuevas, y ni se tiene que pescar siempre lo mismo, ni se tiene que consumir siempre el mismo pescado literario. Ya os contaré más de ella, de lo que supone, de lo que pretendo, de lo que concibo, de lo que implica, de lo que trata, y lo haré en los próximos días.

Entre todos nosotros, valientes creadores, vamos a hacer algo grande…


 

UNA GUITARRA A LA QUE DAR CUERDA

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En la oscura soledad de una habitación ecléctica, con lo que aún queda de su guitarra en las manos, él mira a la orquesta a la que casi nunca siente pertenecer, escucha la música perfecta que rehuye sus notas: los violines equilibrados y las violas sutiles, los clarinetes constantes y las flautas acompasadas, las trompetas profundas y los timbales nostálgicos, todo resuena a su alrededor mientras él empieza a tocar su guitarra, una guitarra que nadie parece oír. Unas veces él deja de tocar, antes o después, porque se aprecia fuera de la orquesta, desplazado de una música con la que no encuentra la armonía. Otras veces sigue tocando, durante horas, durante días, quiere formar parte de la melodía, pero la melodía lo rechaza, no logra acoplarse al ritmo y a la cadencia de esa orquesta en la que lleva años tocando; porque no es nuevo en ella, aunque a menudo se perciba novato.

En la oscura soledad de una habitación ecléctica, con lo que aún queda de su guitarra en las manos, él se mira a sí mismo, sus dedos heridos de tanto agitar las cuerdas de una guitarra desafinada, de mástil roto y caja vacía, a la que nadie parece oír. Escucha tocar a la orquesta y no sabe si arreglar su guitarra, duda si hacerla volver a sonar como aquellas pocas ocasiones en que formó parte hermanada del concierto que estaba atronando, aquellas pocas ocasiones en las que él se percibió ejecutando su música en sincronía con el resto de músicos. Él sabe que su guitarra puede funcionar muy bien, sólo debe decidir si le merece la pena seguir dándole cuerda…

P.D: PARA TODOS LOS QUE DUDÁIS SI ARREGLAR VUESTRA GUITARRA Y SEGUIR DÁNDOLE CUERDA, RECORDAD LO BIEN QUE PUEDE LLEGAR A SONAR JUNTO AL RESTO DE INSTRUMENTOS DE LA ORQUESTA: 


 

UN MUNDO SIN RUMBO

Estoy sentado en una mesa, cenando, mirando la decoración concisa de un salón desgastado. Colgados de la pared hay una trenza de pelo natural y un crucifijo; no miento, es lo único que hay en los muros, debe ser que en Austria se llevan esas cosas. Delante de mí se sienta una encantadora chica menorquina que conocía desde hacía escasas horas, no más, nunca antes la había visto, es lo que tienen los viajes en grupo. No sabría explicar muy bien por qué la chica -¡qué buena gente!-, comenzó a relatarme una lamentable historia que yo ni conocía ni había oído, una historia que me ha hecho pensar enormemente en los últimos días y sobre la que quiero reflexionar.

La historia en cuestión, la cual paso a resumir, transcurre en un restaurante de Ciutadella, municipio de Menorca, y está protagonizada por los empleados del establecimiento y por un supuesto poeta mallorquín -hago uso de la palabra “supuesto” no por faltar, sino por dos razones: la primera, porque en estos tiempos desgraciadamente el término poeta está muy devaluado, y a cualquiera que es capaz de rimar “camión” con “avión” se le tiene por tal; la segunda, porque hoy hay mucho sujeto rimador al que no conoce ni su padre, en ninguna parte, ¡da igual donde preguntes!, ni aquí ni allá, ni en Europa ni en América ni en Asia, menos aún en África o en Oceanía (en la Antártida no he preguntado, ¡juro que al primer pingüino que vea le pregunto!), no hay personas que te digan qué libros han escrito o que te reciten uno de sus poemas, nadie tiene la menor idea de ellos-.

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Foto: Ciutadella. Menorca.

Pues bien, al pedir el postre el supuesto poeta y su acompañante no fueron entendidos. Ellos pidieron dicho postre en catalán, lengua oficial de Menorca -señalar que en la isla de Menorca se habla menorquín, dialecto del catalán, y, por tanto, lengua con bastantes similitudes a esta última; no obstante, y para no liar al lector, en este texto sólo se hablará de idioma catalán, sin precisar en mayor medida-, pero la chica que los atendía no entendió lo que dijeron, por lo cual pidió que le repitieran lo dicho. De nuevo, al no poder entenderlos, la camarera reclamó que le repitieran el pedido más despacio o, en su caso, que se lo dijeran en español -como parte de España que es, en Menorca se habla español con perfección-, algo tan aparentemente normal y razonable que cuesta entender cómo consiguió encender los ánimos tanto del supuesto poeta como de su acompañante -también los de los empleados del local- hasta el punto de montarse tal guirigay de gritos e improperios que, al provocar molestia al resto de clientes, hubieron de ser expulsados del restaurante. La historia no hubiese tenido ningún recorrido si no llega a ser porque el supuesto poeta decidió escribir en su muro de Facebook que en ese restaurante lo vejaron, insultaron, trataron con xenofobia, amenazaron y echaron únicamente por hablar catalán. No contento con eso, el supuesto poeta publicitó su escrito, y con ello a sí mismo, lo más que pudo -poco, porque esta historia no ha tenido mayor recorrido, ya les dije que a algunos poetas no los conocen en ningún lado, bueno, en la Antártida quizá sí, no lo sé, ¡al primer leopardo marino que vea le preguntaré!-, después de lo cual el restaurante, según ellos mismos confiesan, ha recibido llamadas amenazantes e insultantes, así como una pléyade de malas críticas en portales de Internet -el establecimiento señala haber tenido que avisar a alguna de estas páginas porque muchas de las críticas, obviamente, estaban realizadas por gente que no había ido allí a comer o cenar-. Además, ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, el local convino enviar un escrito explicando su versión de los hechos, versión que, por cierto, y de nuevo según palabras de los empleados del restaurante, ninguno de los que le han vilipendiado se había molestado en pedir.

Ya sé lo que algunos estaréis pensando ahora mismo: “Ya viene otro a meternos un rollo anti -o pro- catalanista”. Tranquilos, nada más lejos de mi intención. Si esta historia me ha hecho reflexionar en los últimos días no es por culpa de la cuestión idiomática o catalanista, pues analizar este suceso desde ese punto de vista me parece simplista y superficial. Es más, que yo no esté de acuerdo o no comparta ciertas ideas no me hace ver como incorrecto el hecho de que alguien defienda su idioma o sus ideas, ya que yo defiendo las mías, así como a mi bella, sutil, maravillosa y poderosa lengua: el español. Lo que me ha hecho reflexionar, y lo que quiero compartir con vosotros, es la parte humana -inhumana, más bien- de toda esta historia, que es lo que de verdad me deja perplejo.

Que el ser humano a menudo es un ente deplorable no es algo que descubramos ninguno de nosotros en este momento, lo vemos y comprobamos todos los días demasiadas veces, pero…, ¿por qué nos empeñamos en demostrarlo? Decía Hobbes que “el hombre es un lobo para el hombre” y que la “sociedad es una guerra de todos contra todos”, mas no llegó a decir, que yo sepa -si lo dijo discúlpenme, que no quiero apropiarme de pensamientos que no son míos-, y por ello lo añado yo, que “en gran número de ocasiones el peor lobo para el hombre es su lobo interior”; o, dicho con mayor sencillez y menor pompa: “La mayoría de veces el peor enemigo de una persona es ella misma”. Que algunas personas sean capaces de usar temas tan sensibles como el catalanismo o el problema del idioma catalán en su propio beneficio, o que sean capaces de echar mierda sobre la reputación de personas o establecimientos en su propio beneficio y jugar, de tal modo, con el pan de la gente, no hace que aquellos inteligentes observen con malos ojos a esa persona o local vilipendiado, sino que provoca que aquellos inteligentes perciban la falta de valores, la bajeza moral, la carencia de escrúpulos y la escasez intracraneal y educativa de quien lo ha vilipendiado, el cual, reaccionando así -esto es, del mismo modo ofensivo que quien asegura que le hizo sentir ofendido-, pierde toda la razón que pudiera tener, causándose perjuicio propio. Este tipo de sujetos me recuerdan a aquel Fabián Minguela de Mazurca para dos muertos al que Don Camilo José Cela definía de magistral manera con la siguiente frase, sublime y esclarecedora: “Raimundo el de los Casadunfles piensa que Fabián Minguela pasea por la vida las nueve señales del hijoputa (1)”. Aquellos inteligentes que hayan leído la novela sabrán por qué hago esta referencia…

Y digo “aquellos inteligentes” porque por mucho que otros nos quieran crear mala fama con sus actos a todos los demás, los hay que aún usamos el cerebro. Debe de ser por eso, porque yo uso el cerebro, que no logro comprender los motivos que han llevado a determinados individuos a proferir amenazas, insultos y críticas negativas del establecimiento sin preguntar a la otra parte, sin preocuparse lo más mínimo de corroborar la historia narrada por el supuesto poeta -y eso que a algunos poetas no los conoce nadie, bueno, ya dije que en la Antártida no he preguntado, ¡debería haber preguntado en la Antártida antes de empezar a escribir este artículo!-, mostrando y demostrando con ello el nivel de idiotez (2) e involución mental que puede llegar a alcanzar ese tipo de animales que algunos adjetivan, sin sorna, racionales. ¿Dónde hemos dejado esa racionalidad? ¿En qué parte del camino la perdimos? Recuerdo cuando mi madre me decía aquello de: “Hijo, si ése se tira por una ventana… ¿vas a ir tú detrás y te vas a tirar también?”. Ahora veo con pena cómo cada vez son más los que se tirarían por la ventana detrás del primero que pasa, tanto los idiotas (2) como los que aparentemente no lo son, atontados (3) idiotizados (2)todos por una sociedad cuyas ventanas hace tiempo que no dejan entrar aire limpio en las habitaciones.

Pero también veo con orgullo, con mucho orgullo, como yo no soy tan tonto (3) como para no mirar lo que me espera abajo antes de tirarme por la ventana: si veo que me voy a dar un golpetazo, prefiero bajar y salir por la puerta. De hecho, tardé únicamente cinco minutos en observar que esta chica menorquina -¡qué maja!, por cierto- a veces traducía mentalmente algunas palabras para hablar conmigo en español, esto es, que tiene por hábito hablar en catalán; esto es, por tanto, que en Menorca se tiene por hábito hablar en catalán, por lo que… ¿de verdad alguien puede pensar que te van a vejar y amenazar por hablar catalán en un sitio donde se habla catalán? ¿De verdad alguien cree que en Albacete, Soria o Cantabria, por decir algunos, te van a vejar y amenazar por hablar en español? ¿De verdad alguien cree que en Madison o en Liverpool o en Brisbane te van a vejar y amenazar por hablar en inglés? ¿De verdad alguien cree que en la Antártida te van a vejar y amenazar por hablar en… en lo que se hable en la Antártida, que yo no sé qué es? ¿Estamos tontos (3) o qué? ¿Por qué somos así? ¿Por qué hemos llegado a este punto? ¿Qué hacer para no seguir involucionando? ¿Cómo evitar seguir tirándonos por la ventana?

Cada día que pasa este mundo sin rumbo está más repleto de tontos (3), de idiotas (2) y de gentes que pasean por la vida las nueve señales del hijoputa (1) -unos pasean justo las nueve, otros pasean más y otros menos, el número de señales es variable-, algo tan cierto que lo saben hasta en la Antártida -esto no me hace falta preguntárselo ni a un pingüino ni a un leopardo marino, ¡ni siquiera a un supuesto poeta!-. A este respecto, que cada cual se mire a sí mismo y medite. Yo, por mi parte, ya he meditado, y lo único que puedo deciros es que no dejéis de visitar Menorca, una isla repleta de belleza y de gente estupenda en donde, mal que algunos les pese, os tratarán de maravilla.

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Fotos: Menorca. Ciudades y playas.

P.D: No hay peor persona que aquella que no sabe el daño que se está haciendo a sí misma.

1- Hijo de puta, hijo puta, hijoputa y joputa, o como en otros lugares de habla hispana: jue’puta, es una expresión de carácter soez que se usa en el idioma español desde tiempos del Siglo de Oro -quizá con anterioridad, no está muy claro cuándo surgió aquel famoso término “hi de puta” ya utilizado en El quijote- con diferentes connotaciones, mayormente sólo adjetivas y descriptivas, y que según la Real Academia Española define una forma vulgar de llamar a alguien “mala persona”. Esto quiere decir, lejos de lo comúnmente considerado, que un hijo de puta no es más que una mala persona, lo que a su vez quiere decir que, dada la gran cantidad de malas personas que andan por ahí… ¡Madre mía!… ¡Cuánto hijo de puta anda suelto!
2- La idiotez, el idiotismo o la idiocia -los tres términos son iguales, por lo que su uso es indiferente- es equivalente, en términos médicos, al retraso mental profundo, una enfermedad mental que consiste en la ausencia casi total en una persona de facultades psíquicas o intelectuales. Por tanto, la palabra Idiota, ya utilizada en el latín y el griego antiguos y que en su significado y forma moderna proviene de la palabra francesa “idiote” -persona sin educación, ignorante-, designa a aquella persona desbordante de idiotez, idiotismo o idiocia; o lo que es lo mismo, designa a aquella persona carente de facultades psíquicas o intelectuales; y dada la gran cantidad de gentes con escasas facultades psíquicas e intelectuales -no me refiero precisamente a los que sufren de este hecho por enfermedad, ¡es una lástima que estos últimos existan!- que andan por ahí… ¡Madre mía!… ¡Cuánto idiota anda suelto!
3- Aunque Forrest Gump tenía razón y tonto -lerdo, menso, tocho, gili, tarado, babión, hijo de burro, idiota, soplagaitas, boludo, soplapollas, animal, imbécil, lelo, capullo, gafo, huevón, sonsuela, gilipollas, pendejo, etc.-  no es más que aquel que hace tonterías, siendo más pulcros y puntillosos el adjetivo tonto refiere a la persona que posee una inteligencia reducida, alguien torpe, tardo o con una conducta poco pertinente. Ni qué decir tiene… ¡Madre mía!… ¡Cuánto tonto anda suelto!


 

 

EL JUGADOR

 

«Él me dijo: "Hijo, me he pasado toda la vida leyendo las caras de la gente, sabiendo qué carta poseen por la manera en que colocan sus ojos; así que, si no te importa que lo diga, puedo ver que estás sin ases. Por un sorbo de whisky, te daré un consejo:..."».

Estas palabras no son mías, ni pertenecen a la obra de un literato, corresponden a una canción que siempre me ha gustado mucho y a un cantante de esos que en este país ya casi nadie conoce, y que muchos de aquellos que lo conocieron ya lo habrán olvidado. Para qué negarlo, es un hombre de 77 años que canta un género musical cuya presencia en España es residual: el Country. Los que son de mi generación dudo que lo conozcan, y los más jóvenes que yo probablemente no hayan oído su nombre jamás, sin embargo han sido éstos -pues en dichas edades se encuentra el núcleo mayor de usuarios de Internet- los que ayudaron a difundir su muerte hace unos días a través de Twitter.

Para tranquilidad de algunos, y de él mismo, Kenny Rogers sigue vivo, coleando y cantando. De hecho, Kenny Rogers canta como los ángeles, esto es, canta muy bien, que aunque yo no los he escuchado nunca, ya saben ustedes que una vez se extendió por ahí el rumor de que los ángeles cantan muy bien… y, desde aquel momento, al que canta muy bien se le dice que canta como los ángeles. Supongo que así son los rumores, ¿no?, uno dice que ha oído cantar a un ángel muy bien y aquel que le escucha decirlo, en vez de buscar un ángel y oírle cantar para comprobar si es verdad que canta bien, se gira y le dice al que tiene al lado: “Los ángeles cantan fenomenal, ¡como nadie de bien!”, para después coger su teléfono móvil y escribir un Tweet o un WhatsApp o ambos -esto ahora, antes con el boca a boca era suficiente- transmitiendo el mismo mensaje. Y, así, de repente, sin comerlo ni beberlo, los ángeles cantan muy bien.

Pues del mismo modo, sin comerlo ni beberlo, esta semana Kenny Rogers ha muerto sin morir. Y parafraseando las palabras de su canción más famosa, The Gambler, esas palabras que arriba he incorporado, me he preguntado a mí mismo si yo podría leer las caras de la gente que es capaz de extender rumores como estos, si yo podría leer sus ojos y reconocer qué cartas poseen y de qué cartas carecen. Mi conclusión: No. Soy incapaz de entender a este tipo de personas; y para poder reconocerlas primero tendría que entenderlas, si no es imposible. Cierto, no puedo entender cómo alguien -ese que lo inicia todo, ese primero que extiende el rumor- puede levantarse una mañana y decirse a sí mismo: “Hoy voy a comentar que Kenny Rogers ha muerto”. Tampoco puedo entender cómo alguien escucha algo y se lo cree a pies juntillas, como si lo dicho tuviese fuerza de ley y no pudiese ser una trola del tamaño de todo Texas -tierra natal del señor Rogers-. Tampoco he entendido nunca ese fenómeno extraño que se da en las personas que extienden rumores: el orgullo que les produce ser portadores y transmisores de una noticia que tú no sabes; es algo muy curioso cómo esas personas se te acercan con sigilo y murmurando, casi en el susurro, te preguntan: “¿Te has enterado?”; tú, intrigado, siempre respondes: “No, ¿qué sucede?”; entonces, el inclino te dice: “Pues que los ángeles cantan de puta madre…”; y tú, decepcionado, le comentas: “¡Vaya!, creía que me ibas a decir que Kenny Rogers seguía vivo…”. Pero, bueno, en cuanto a este tema de los rumores parece que la vida sólo vende en los casos de resurrección, lo cual me lleva a confesar algo que no le he dicho a nadie y que pido que quede entre nosotros: Elvis vive en el número 20 de mi misma calle.

Y como Kenny Rogers no ha resucitado porque sigue muy vivo, me apetece hacerle un homenaje dejándoos aquí esa famosa canción llamada The GamblerEl jugador. Para aquellos que lo conozcan esta canción será un buen recuerdo; para los que no lo conozcáis, será un buen modo de presentároslo; para todos, quedémonos con ese consejo maravilloso que, tras reconocer en sus ojos que él no tenía ases, el jugador le concede:

«"Cada jugador sabe que el secreto para sobrevivir
es saber qué tirar y qué conservar.
Porque cada mano es ganadora y cada mano es perdedora,
y lo mejor que se puede esperar es morir mientras duermes."».


 

DESPERTAR

Acabo de despertar, aún estoy algo dormido. Me froto los ojos, pero no funciona, no es suficiente; parece que no hay manera de despertar, algunos sueños es difícil dejarlos atrás, las pesadillas son aún peores, permanecen durante mucho tiempo.

Vuelvo a frotarme los ojos, vidriosos, y no termino de ver la realidad. Sigo dormido, cansado, es fin de semana y hace calor, no me apetece hacer esto pero tengo que hacerlo. En mis sueños mi jardín no era el del Edén, sólo era un jardín en el que no crecían las rosas, sólo hierba sin sentido, hojarasca marchita y hojas secas, muy secas. Sueño que mi jardín es un jardín baldío, sueño porque sigo dormido, sueño porque me gusta soñar, aunque a veces los sueños se tornan pesadillas, aunque a veces los sueños son realidades que no se terminan de ver.

Escondo mi cansancio detrás de una taza de café y abro la ventana, ¡ya era hora de abrir la ventana! Observo mi jardín, atentamente, y por fin me decido a hacerlo, no me apetece pero tengo que hacerlo. Preparo las bolsas de basura, me he dado cuenta de que hay mucho que tirar.

Resoplo, no es fácil, va a ser arduo, lo sé, la conciencia lo hace peor… Y, en efecto, han sido unas horas muy duras, lo confieso; tengo las manos llagadas y alguna que otra herida que curar, hay plantas traicioneras que te clavan sus espinas, no obstante he logrado eliminar las malas hierbas, en mi jardín sólo queda lo bonito, lo mágico, las plantas vivas, los árboles frondosos y de raíces profundas, las flores coloridas. He apartado la basura.

Acabo de despertar, pero ya no estoy dormido…


 

SABER LEER…

A veces hay coincidencias curiosas, no se puede explicar si no que hablando de libros con un amigo aparezca el nombre de aquel que acabo de leer, ese mismo libro que ahora está leyendo mi madre gracias a mi recomendación y que, por cierto, le está gustando mucho. También es curioso que ese amigo realice un comentario negativo de dicho libro: “No entiendo ese libro. No he podido acabarlo nunca…”, cuando a mí me parece un libro difícilmente mejorable; porque Mazurca para dos muertos, del señor Camilo José Cela, es un libro inmejorable.

Yo no voy a defender a Don Camilo José Cela, me basta recordar que es al autor de La familia de Pascual Duarte… Con eso está dicho todo, el libro más perfecto jamás escrito habla por sí solo, y su autor merece respeto eterno. A uno, por mucho que le duela a sus enemigos, que el señor Cela tuvo y sigue teniendo miles, no le dan el premio Nobel así como así; ¡por algo será! ¡quizá hasta tenía talento!

El caso es que el comentario de mi amigo me hizo reflexionar sobre por qué a mí me gusta mucho el libro Mazurca para dos muertos y a otros, a muchos, no sólo no les gusta, sino que les aborrece. Entre las filias y las fobias, los gustos individuales, etc., hay algo de lo que quiero hablar y que creo que hace que muchos odien un libro como ése: La diferencia que existe entre leer y saber leer.

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Hay muchos libros difíciles de leer. Unos son difíciles porque tratan temas horribles (muertes, violencias, etc.); otros son difíciles porque el autor usa palabras complejas y hay que estar revisando el diccionario cada cinco minutos; otros son difíciles porque te han dicho o has oído que el libro es bueno y cuando empiezas a leerlo te va decepcionando; otros son difíciles de leer porque directamente son horribles y no hay quien los lea; y, por último, están los libros como Mazurca para dos muertos, libros muy difíciles de leer porque el autor no sólo no facilita al lector la comprensión de lo que va a leer, sino que a cada paso que da le va poniendo más y más trabas. Este tipo de libros como el de Don Camilo no hay que leerlos, hay que saber leerlos, y aunque a día de hoy casi todo el mundo puede leer -¡gracias a Dios!-, son pocos los que realmente saben leer.

Si lees Mazurca para dos muertos encontrarás en ella situaciones y personajes aparentemente estúpidos y sin sentido alguno, enormes tonterías y bobadas, tantas y tan seguidas que perderás las ganas de seguir leyendo. En cambio, si sabes leer Mazurca para dos muertos encontrarás comentarios sagaces, metáforas desaforadas e inteligentes, descripciones irónicas, y explicaciones sutiles y perspicaces de la sociedad española de un momento concreto de nuestra historia: la Postguerra.

Pero bueno, el objetivo de escribir este post no es comentar si un libro es mejor o peor. Mi objetivo es reflexionar sobre ese “leer y escribir” que nos enseñan desde pequeños en las escuelas. Sí, nos enseñan a escribir, pero no nos enseñan cuándo dejar de escribir y acabar la frase -tan importante es lo que se escribe como lo que se deja de escribir-. Y sí, nos enseñan a leer, pero no nos enseñan a entender lo leído, y mucho menos a entender lo que no hemos leído -tan importante es lo que se ha leído como lo que no se ha leído (por omisión del autor del libro, me refiero, pues los silencios y las omisiones son numerosas y muy relevantes en cualquier escrito que se precie)-. Te dan una hoja y te dicen: “Escribe”, y tú escribes. Te dan un libro y te dicen: “Lee”, y tú lees. Claro, así pasa que años después llega el del Banco y te dice: “Firme”, y van algunos y firman…

Leer y entender.001Es cierto, dicen que lo mejor que le ha pasado al ser humano es aprender a hablar, a escribir y a leer; en una palabra: aprender a comunicarse. Yo, sin embargo, aunque en ocasiones preferiría no saber, creo que lo mejor que le ha pasado al ser humano es aprender a comprender. Porque yo sé leer y… ¿de qué me sirve leer un libro en chino si no entiendo lo que estoy leyendo? Porque yo sé escribir y… ¿de qué me sirve escribir en francés si no entiendo lo que estoy escribiendo? Porque yo sé hablar y… ¿de qué me sirve hablar en sueco si no entiendo lo que estoy diciendo? ¡Vaya! ¡Yo también puedo ser sarcástico!…

No obstante, llegados a este punto, mejor le dejo las ironías a Don Camilo, que celaba muy bien de su uso -yo no tengo tantas “entendederas”-. Eso sí, leed; y leed lo que sea, que leer es maravilloso. Yo os recomiendo la estupenda Mazurca para dos muertos -por cierto, y perdón por la expresión: vaya “huevos” hay que tener para escribir esa novela, valiente y arriesgada como pocas-, así os probáis a vosotros mismos si sólo habéis aprendido a leer, o habéis aprendido a saber leer…


 

DE SONRISAS Y LLANTOS

Hace un par de días escribí en Twitter lo siguiente: “Debemos elegir muy bien a quién otorgarle nuestro llanto y nuestras sonrisas”. La frase en cuestión generó cierta polémica, polémica que yo ni pretendía generar ni me esperaba generar, por lo que al final opté por borrar el mensaje y zanjar el asunto por la vía rápida, que tampoco está uno a estas alturas para discusiones virtuales.

Todo el mundo cerraba filas junto a mí en lo de elegir a quién otorgarle el llanto. Por supuesto, nuestro llanto ha de ser para alguien -y por alguien- absolutamente especial. A todas luces ésta parece una tesis indiscutible; de hecho, la propia idiosincrasia del llanto comporta relevancia y valor respecto a quién o qué lo provoca: uno llora, ya sea llanto de tristeza o de felicidad -que también existe-, por ése, ésa o eso que le importa. Si no te importa lo más mínimo, no lloras, y no lloras aunque te lo propongas, que el oficio de plañidera está ya muy en desuso.

El problema de mi comentario residía en aquello de elegir a quién sonreír. En este sentido, he comprobado que hay mucha gente partidaria de “La teoría del todo“, de ir siempre con una sonrisa en la cara presta para todo aquel que se cruce en tu camino, porque de ese modo hacemos de este un lugar más agradable y mejor en el que vivir. Yo no dudo de la buena voluntad de la gente que defiende esa teoría, pero no estoy de acuerdo en absoluto.

Recuerdo una vez que caminaba por la calle Goya de Madrid y al llegar a la esquina con la calle Alcalá había unos chicos haciendo una encuesta. Una de las chicas se me acercó y me preguntó si podía hacer una encuesta, que era muy rápido, etc. Yo le dije que no podía y, mientras pasaba de largo a su lado, la sonreí. En eso que, una vez que ya la había dejado atrás, escuché que la chica le decía a un compañero/a: “Y ése de qué se ríe, es que acaso tengo una cara de la que reírse, es que soy alguien de quien reírse…”. Obviamente, aquel no era más que un gesto amable por mi parte, y aunque me dieron ganas de darme la vuelta y soltarle a la chica alguna frase de Sabina que aquí mejor no reproducir, no lo hice. Esta vivencia de apariencia anecdótica para mí no tuvo nada de anecdótico, por eso la saco a colación, porque me hizo considerar mi sonrisa como algo muy valioso, así como comprender la enorme valía que tiene que tener quien la recibe.

Aunque siempre soy amable y bien encarado con cualquiera, desde aquel instante no regalo ni una sonrisa porque mi sonrisa es la muestra de un estado de ánimo: alegría, contrario -en alguna ocasión es el mismo- al estado de ánimo con el que muestro llanto: tristeza; y si mi llanto no es para cualquiera, sino para alguien importante, mi sonrisa no debe ser para cualquiera, sino para alguien importante, pues mi alegría es tan relevante como mi tristeza. Además, si no estoy alegre…, ¿por qué tengo que sonreír? Sería una falta de respeto hacia mis propios sentimientos, también hacia los tuyos, que recibes un ánimo falso y ficticio, y no hay desánimo más real que el que produce el ánimo ficticio. Quizá por eso a aquel que me escribió en Twitter que “una sonrisa es algo maravilloso y ha de ser para todos” le contesté que “ojalá todos se mereciesen nuestra maravillosa sonrisa”, así como que “demasiadas veces reímos cosas que no tienen gracia; así nos va…”.

Cada cual tendrá su opinión al respecto, todas ellas respetables. Yo, en definitiva, hago con mi sonrisa lo que quiero, que para eso es mía. Tú haz con tu sonrisa lo que quieras, que para eso es tuya, únicamente tuya, pero nunca olvides que es enormemente relevante y debes valorarla como tal.


 

NUESTRA INCREÍBLE CREDULIDAD

La vida muchas veces es una mentira bien contada, una mentira despiadada, nada piadosa, que te crees sin rechistar. Te la crees porque quieres creer, ¡por qué no!, ¡quién no quiere creer!, y porque aquel que te la cuenta es alguien increíble. Sí, es curioso, por muy difícil que sea de creer, nos creemos al increíble y denostamos al creíble, generalmente porque el increíble te dice lo que quieres oír, mientras que el creíble te dice lo que tienes que oír. ¿Y quién quiere oír determinadas cosas? Nadie, yo tampoco, mejor no saber.

Todos hemos conocido a esos seres increíbles que de tan increíbles no te puedes creer que existan, porque en realidad no existen, nadie es increíble, sólo eres tú mismo el que consiente creer que lo son. ¡Qué inconsciencia!

Me acuerdo del día en que perdí la credulidad, ¡aquel sí fue un día increíble! Porque es increíble darte cuenta de que es mejor saber, de que algunos seres no tienen nada que contar; bueno, sí, algo tienen que contar, eso que nunca han dejado de contar: Mentiras, mentiras que sin darte cuenta te han ido minando, desenfocando, lastrando, consumiendo, agrietando, mentiras que nuestra increíble credulidad consintió creer y que ya, gracias a Dios, yo no me creo.

Yo, la verdad, ¡para qué mentir!, me sigo encontrando seres que parecen increíbles, que me siguen contando mentiras que parecen verdades, mentiras despiadadas que yo no me creo porque, la verdad, ¡para qué mentir!, desde hace ya mucho tiempo el único ser increíble en el que creo soy yo…

(El único ser increíble que debe existir eres tú para ti mismo)


PARCELAS

Hace mucho tiempo puse un anuncio en el que confirmaba que se había acabado la construcción de las parcelas de mi corazón, así como su salida a la venta.

Al principio fue todo un éxito, las parcelas familiares se vendieron todas enseguida. Otras parcelas, aquellas que reservé para amigos y conocidos fueron poco a poco vendiéndose, con mayor o menor esfuerzo y tino, pero alcanzaron un número de ventas razonablemente satisfactorio.

Sin embargo, con el resto de parcelas no he corrido la misma suerte. De acuerdo en que alguna que otra grieta y gotera ha habido que arreglar en estas parcelas durante los últimos años; no obstante, he de decir que son muy buenas parcelas, muy buenas, construidas con conocimiento, fuertes, con cimientos sólidos e inquebrantables. Pero no ha habido fortuna, siguen vacías y sin vender. Y mira que se ha intentado, porque inquilinos ha habido; ¡y de todo tipo!, desde un gnomo hasta un monstruo de mil cabezas, desde una ninfa hasta una mujer lobo -que yo creía que la Licantropía era propia de los hombres; he de confesar que no es así-.

El último inquilino en llegar es un maravilloso elfo -sí, he dicho bien, un elfo-. Le he alquilado una de las mejores parcelas, con piscina, jardín y todo lo que necesite. Sinceramente, aunque el contrato que hemos firmado es un alquiler con derecho a compra, no creo que se quede. Nadie lo hace, y este elfo es demasiado errante.

De todas formas, no pierdo la esperanza; algún día, antes o después, las parcelas se venderán…


 

EL PUZLE

Hace unas cuantas décadas me regalaron un puzle que no supe si sabría construir. Tampoco supe si quería construirlo, ni siquiera si quería abrirlo, pero a quien me lo regaló no podía decírselo; así, acepté el regalo.

En la caja de aquel puzle se veía un espeso bosque, una casa imponente, una familia con niños a quienes les brillaban los ojos, un árbol recio y fuerte en cuya sombra leía un sonriente caballero, un cielo plenamente azul, un saludable perro corriendo entre las flores y un río caudaloso.

La imagen de aquel puzle era bonita, muy bonita; prometía una estampa idílica, tan majestuosa que al final me decidí a abrir la caja y a empezar a construirlo. No obstante, han pasado unos años y aún no he conseguido ver aquel precioso retrato. Llevo lustros uniendo piezas; unas encajan, otras parecen encajar pero terminan desuniéndose, y otras nunca llegan a ensamblarse.

Aunque cansado, aún continuo intentando construir ese puzle que nunca acaba, que nunca llega a ser idílico y del que no sé si he ido perdiendo algunas piezas…


 

ESA AMBICIOSA SOBERBIA…

Algunos me escuchan decir que voy a ser el mejor escritor del mundo, o que voy a dar un golpe sobre la mesa del sector Literario español, y se echan a reír. “Eres un soberbio”, me dicen; y vuelven a echarse a reír. “Jajajaja”, se oye en tonalidad fuerte, risas que retumban por toda la habitación, incluso más allá, en las casas de familiares, amigos, parientes, vecinos, conocidos y desconocidos (ya sabéis que a reírse se apuntan todos; a lo de llorar ya les cuesta más…).

Pero no os creáis que ésas son risas que molestan o que hieren. No, ésas sólo son risas flácidas e inertes, risas que no duelen no porque procedan de gente insignificante para el que las recibe, sino porque proceden de gente que tiene una visión de la vida distinta a la mía. Ni mejor ni peor, simplemente distinta.

Porque en definitiva todo es cuestión del color del cristal con que se mire, o cuestión de semántica –que viene a ser lo mismo-. Lo que para unos es soberbia para mí es ambición, y la ambición es una característica básica que ha de poseer todo aquel que quiere triunfar. Por lo menos a mi modo de entender, pues yo no concibo un panadero que no entre en su horno con la idea de hacer “el mejor pan de la ciudad”, ni al reponedor de supermercado que no prepare “la mejor estantería del país”, o al camarero que no se acerque a la máquina con la intención de hacer “el mejor café de todos los tiempos”.

La mía es una visión ilusoria de lo que en realidad sucede, lo sé. La actitud de la gente ante la vida suele ser la contraria: dejadez e indolencia. Y lo peor es que cuando crees que algo es “poco para ti”, o crees que puedes “mejorar”, o piensas que eres “mucho mejor” en algo de lo que te están dejando demostrar, entonces aparece ese que se tiene a sí mismo por perdedor y te dice aquella famosa frase que todos alguna vez habremos oído: “¡Pero tú quién te crees que eres!”. A lo que después añaden: “Oye, que yo sólo te advierto, para que después no te lleves la decepción…”. ¿A que sí que habéis oído esas frases? Estoy seguro de que sí, de que ya sea que os las hayan dicho a vosotros mismos o a alguno de vuestros conocidos, las habéis oído…

Aunque también existen personas que te transmiten ánimo y que creen en ti, es más cierto que estamos rodeados de conformismo, de gente que no tiene más meta que pasar el día hasta que llegue la noche, de gente desganada que por el mero hecho de no haber triunfado ellos se cree que nadie está capacitado para hacerlo, así como de gente que un día triunfó y que ahora permanecen sentados en sus poltronas mostrándonos a todos los demás que ya les da absolutamente igual todo –para mí estos últimos son los peores-. Todos estos son los filósofos vitales que llevan por bandera ese: “¡Quién te crees que eres!”, y ese otro: “Es que no quiero que te decepciones”, y ese definitivo: “Eres un soberbio”.

Personalmente, yo oigo a todo el mundo –no hacerlo sí sería soberbia-, pero escucho a muy pocos. Ni hago caso a los que me halagan, ni hago caso a los que me vilipendian. Y tengo que deciros que es una manera de afrontar las cosas que me permiten vivir bastante tranquilo. Ni tomo antidrepresivos ni tomo vitaminas vigorizantes del ánimo porque el ánimo para creer que voy a ser muy grande no me lo quita ni aquel que vive en el más absoluto desánimo.

Es mi manera de ver las cosas. ¿Soy un soberbio? No; sólo soy alguien que cree que va a ser el mejor en lo suyo. ¿Cómo conseguir tal objetivo si no crees que puedes serlo? La vida me pondrá en mi lugar, pero nadie me va a impedir que lo intente. El que quiera ser igual que el resto, que lo sea; de mí esperad mucho más que eso…


 

SENTIMIENTOS ENCONTRADOS

El otro día me dijeron algo que me chocó al escucharlo:

– “¿Economista y escritor de novelas? Los economistas que yo conozco no escriben novelas…”.

Supongo que hay parte de razón en dicha reflexión, pues el realismo vital que impone ser economista es frontalmente divergente a la ensoñación que supone ser novelista. No obstante, los sentimientos encontrados que generan ambas profesiones no implican una contraposición entre ambas. Al contrario, son complementarias. Cuando escribo, bien me viene de vez en cuando aislarme en la realidad económica (o no) de este mundo; y bien me viene también, y en mucha mayor medida, aislarme de la dañina realidad con un buen rato de escritura.

Pero reconozco que no soporto los clichés. Igual que porque soy rubio no soy tonto, porque soy economista escribo novelas. ¡Y encima me las publican!  De todos modos, es curioso cómo la gente te pone el estigma y te juzga por lo que cree que eres, no por lo que eres. Así está montado el circo.

Y una cosa os digo: Prepararos, porque con “Agua seca y sal” voy a revolucionar el mundo literario español. Y lo voy a hacer siendo rubio y economista, no siendo moreno y filólogo hispánico… 😉


 

DE RISAS, LÁGRIMAS Y HUELLAS

Tengo en la espalda la huella de la risa de mucha gente. Es como una media luna hacia arriba, negra, tintada, pero desde hace unas semanas está desapareciendo. Ahora parece más gris, menos oscura, también menos profunda. Está ahí, aunque no me duele. Cuando me salió si me dolía. Ya no, como los tatuajes, que duelen cuando te los haces pero un tiempo después no producen ni una leve molestia.

La risa de mucha gente ha dejado en mi espalda una huella que yo no quiero que se borre, porque yo no quiero olvidar a todo el resto de personas que ha situado la huella de una lágrima en mi pecho. Esta huella también es una media luna hacia arriba, pero es naranja, colorida, y me hace reír. Tampoco quiero que esta huella de mi pecho se borre, porque no quiero olvidar a todo aquel que me ha hecho llevar una huella de su risa en la espalda.

La risa y las lágrimas dejan huella. Cuidado de lo que reímos, cuidado con lo que lloramos.


 

LA SENDA

Hay una senda que llevo años recorriendo, tantos años que me sorprende que aún hoy me siga siendo desconocida. En esta senda hay piedras, hay barro, hay charcos, hay animales, hay personas, hay pisadas borradas, hay huellas que permanecen, hay hojas secas, hay flores marchitándose y hay árboles desmoronándose. Es una senda en la que cada paso me conduce hacía delante y en la que la tierra que voy dejando detrás se va hundiendo bajo mis pies; no puedo volver atrás. Esta senda de vez en cuando se abre ante mí en dos caminos, incluso en más; esos son los pasos más importantes, los que he de dar en el momento de la encrucijada. Para mi fortuna, un día comprendí que ninguno de los caminos en los que se abría la senda es mejor que el otro; en todos ellos hay piedras, hay barro, hay charcos, hay animales, hay personas, hay pisadas borradas, hay huellas que permanecen, hay hojas secas, hay flores marchitándose y hay árboles desmoronándose.

En todos estos años que llevo recorriendo la senda me he tropezado con las piedras, me he manchado de barro, me he mojado en los charcos, me han mordido animales, me han abandonado personas, me han pisoteado, me han dejado huella, han intentado que me seque, que me marchite y que me desmorone. Sin embargo, nunca he dejado de caminar por ella…


 

OFERTA (2)

Yo a veces soy muy sarcástico, y con esa ironía tiendo a escribir. Ayer publiqué un post en este blog que se me ocurrió por algo que había leído, en concreto una oferta de trabajo que me chocó bastante, más que nada por la duración de la misma: un día. Os dejo la oferta, a ver si os hace pensar lo mismo que a mí…

Descripción

Seleccionamos para importante multinacional un/a Auxiliar Administrativo/a experto/a en Excel para días sueltos.
Se ofrece:
– Contrato de un día a través de ETT, el próximo 19/01/2015.
– Horario: 9.00-13.00.
– Salario: 10.09 brutos hora.

Requisitos

  • Estudios mínimos

    Formación Profesional Grado Medio

  • Experiencia mínima

    Al menos 1 año

  • Requisitos mínimos

    – Nivel experto/a de Excel (se pasarán pruebas de nivel)
    – Disponibilidad inmediata.

No sé vosotros, pero después de leer cosas como ésta me da a mí que no soy yo el que se ríe del tema de los trabajos. De todos modos, yo me río, porque la risa es algo que no nos pueden quitar…


 

OFERTA

He visto una oferta de trabajo de duración de un día. En situación tan desesperada, como el hambre aprieta y llevo un tiempo sin comer, he llamado. El señor que me ha contestado, muy serio, me ha dicho que el puesto es en una empresa líder en su sector, que compartiría tiempo con grandes profesionales, que cobraría 7 Euros la hora, pero que no me iban a dar de alta en la Seguridad Social porque, ¡para un día qué más da! El trabajo en cuestión, según el hombre con el que he hablado, es: probador de munición.

—Pero, ¿disparo yo?

—No, le disparan a usted.

Le he dicho que lo pensaría, pero tengo que darme prisa porque por lo que sé hay muchos más interesados…


 

HORMIGAS

Hoy, al levantarme, he visto corretear por encima del lavabo unas hormigas. Eran diminutas, y como yo no estaba muy despierto aún, me he preguntado si serían reales o ficticias. No sé si lo habreis oído alguna vez; si no, deciros que hay quien piensa que la gente que se siente sola ve hormigas, hormigas ficticias, irreales. Y las ven en cualquier lugar y a cualquier hora del día…

Yo no es que me sienta solo, es que estoy solo. No obstante, las hormigas que han aparecido esta mañana en mi lavabo eran reales. Supongo que no me tengo que tildar de loco. Gracias a Dios cuando estoy solo yo no veo hormigas, veo películas. Por eso, os dejo un regalo: una de las mejores secuencias de una de las mejores películas de todos los tiempos: “Old boy”, del coreano Park Chan Wook. Habla precisamente sobre esto, con enorme sentimiento y de una manera formidable. Disfrutadla.


 

REYES MAGOS (2)

El ser humano es un ente muy curioso. Hoy estamos de buen humor, alegres, felices, contentos, pero si en cualquier otra época del año yo os contara que a mí casa han venido tres camellos mágicos a beber coñac y a traerme regalos… ¿qué pensaríais?


 

CITA

Esta noche me he acostado con una chica. Yo no quería, me resistí una y otra vez, pero tuve que desistir. Ojalá no la hubiese conocido; se llama Gripe, y ahora no hay quien me la quite de encima…


 

SILENCIO

Hay un silencio que yo no entiendo,

el silencio de esas personas que se van de tu vida sin despedirse,

ésas con las que intentas contactar porque aún crees tener relación

y que sólo te devuelven el eco del silencio.

Yo no soy así, porque no existe nada más indigno

que contestar una voz con un silencio,

indigno quien calla, no quien recibe el sonido de la nada,

esos que callan y luego son los primeros que se declaran dignos,

esos que callan y luego señalan con el dedo tus silencios,

esos que callan y luego dicen tener tanto que decir,

esos que por cobardes se esconden tras el silencio que envuelve su indignidad,

esos que por indignos merecen nuestra voz, pues ella les vuelve todavía peores.

A todos ellos les dedico estas palabras… pues a nadie le robaré yo la dignidad con mi silencio.


 

LA OSCURIDAD Y LA LUZ

Si en tu vida hay oscuridad, nunca des al interruptor de la luz; abre la ventana.

Las soluciones ficticias jamás son soluciones…


 

SOBRE LO OBSOLETO Y LO QUE ES LEY DE VIDA…

Los gobiernos son como las antiguas máquinas que pelaban manzanas: Primero te sacan el corazón, luego te quitan la piel a tiras, y, aun cuando parece que ya no te queda nada, te exprimen sin compasión.

Hubo un día en el cual aquellos viejos peladores de manzanas dejaron de utilizarse; se habían quedado obsoletos, inservibles y se cambiaron por algo más moderno. Así funcionan las cosas, es ley de vida…


 

EL ÁRBOL

Frente a mi ventana hay un árbol gigante. Abro hoy las cortinas y observo que ese árbol no tiene hojas, parece marchito, compungido, inerme y desalmado. El suelo está amarillo y un pequeño hilo de agua que cae por el tronco ha generado un charco junto a la base del árbol. No llueve; sólo hay frío, mucho frío en estas calles por las que nadie pasea. Veo un folio arrugado tirado al lado de un contenedor. El charco está a punto de hacerlo suyo. Todo es gris, y únicamente oigo el sonido del silencio. Me ha dado por pensar, ¡ya ves tú!, en por qué ese árbol sigue en pie cuando no parece tener razones.

Mi ventana, al trasluz, siempre ha sido un espejo…


 

PISTOLAS Y CUCHILLOS

Las pistolas y los cuchillos sirven para matar: heridas, muerte, destrucción!!!!

Las pistolas y los cuchillos sirven para vivir: defensa, vida, bocadillos!!!!

Pistolas de trigo y metal; sabores diversos, resultados contrarios…


 

AGUA…

Las preguntas y el agua…

¿Por qué la lluvia ácida no amarga el agua dulce?

¿Por qué el agua dulce termina convirtiéndose en salada al llegar al mar?

¿Por qué el agua “estancada” no huele a tabaco?

¿Por qué alguien lloró por primera vez lágrimas de sangre?

¿Por qué a todos a los que nos gustaba jugar a “Hundir la flota” ahora nos duele ver morir gente ahogada en sus cayucos?

El agua y las preguntas…

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