Mezcla de lejía y crema

CONCURSO: V Concurso Beta III Milenio de Relato Corto.

EDITORIAL: Beta III Milenio.

TEMA: “Mi primera vez”.

RELATO GANADOR: “Mezcla de lejía y crema”.

ANTOLOGÍA: “Mezcla de lejía y crema y otros relatos sobre mi primera vez”.

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MEZCLA DE LEJÍA Y CREMA

Conocí a María de la manera más inocente e insospechada posible: en un supermercado. En pleno debate entre atún en aceite o en escabeche, le pregunté a la mujer de la limpieza que se hallaba a mi lado cuál prefería ella. Comenzó de tal modo una conversación a la que continuaron otras cuantas, instantes ésos que incrementaban mi obsesión por su larga melena negra y su aroma mezcla de lejía y de crema de manos. Así transcurrieron los ocasos hasta que llegó el día que recordaré por siempre: el ocho de abril de 2009.

Aquella noche hacía un frío que se incrustaba en los huesos, y la luna llena se cernía entre la neblina acompañando mis pasos y mis reflexiones sobre lo que iba a ocurrir. Había quedado con María en un bar de copas y, por mucho que odie reconocerlo, he de confesar que estaba muy nervioso. Era consciente de que después de esa noche nada volvería a ser igual para mí.

Ella esperaba en la barra de aquel lugar de ambiente oscuro y desangelado. Se había puesto un vestido negro ajustado a su enjuta figura que dotaba de cierto atractivo a su melancólica y ojerosa mirada. A sus cuarenta y dos años carentes de belleza, cualquiera que la viera se daría cuenta enseguida de que María era una persona triste e infeliz, apagada y asfixiada por su realidad. Con dieciocho años yo, imberbe e inexperto, cada vez que apreciaba su semblante profesaba un sentimiento de ternura hacia ella que derivaba inevitablemente en otro de culpabilidad. Y en aquella ocasión no fue diferente, sentí lo mismo, pero decidí no dar marcha atrás.

Me dedicó una sonrisa taciturna al verme, la cual yo fui incapaz de devolverle. Pedimos un par de cubalibres y hablamos un poco. No estuvimos mucho más tiempo allí. No sé si fue la condensación del humo de tabaco que apenas me dejaba respirar, mis ansias por conseguir lo anhelado o mi juvenil falta de sosiego; el caso es que deseaba salir de ese antro y acabar cuanto antes. Así lo hicimos, pues María tampoco se encontraba a gusto.

Llegamos al hostal escasos minutos después, tras un paseo entre las sombras de una ciudad deshabitada en la nocturnidad y la beligerante crudeza del clima. El dependiente, de falsa cabellera y camisa estridente, no nos hizo mucho caso. Más preocupado por su incipiente tos y su taponamiento nasal, no se sorprendió al vernos cubiertos hasta las cejas con las bufandas. Sólo se nos intuían los ojos. Pagó María, en metálico. Yo, absorto en aquel rincón mugriento que perduraría en mi memoria toda la vida, no emití palabra.

Dejamos atrás un pasillo de paredes iridiscentes, sucias y negruzcas, para entrar en la «405». La habitación era deprimente. Una cama baja con una sábana marrón, una mesa desconchada con una silla de asiento roído por las chinches, un baño del que nacía un hedor pestilente y una televisión de monedas. Había algo semejante a grasa en el suelo, y restos de comida que hasta las cucarachas sorteaban. Siempre creí que me “iniciaría” en un sitio paradisíaco y no en algo más parecido a una ciénaga pero… allí tuvo que ser.

Echamos las cortinas. María empezó a quitarse la ropa lentamente. Bufanda, guantes, abrigo, etc. Yo la observé, y como no sabía cómo comportarme ni qué realizar, copié sus movimientos. Ella se sentó en la cama y me hizo señas para que me aproximara. Mi corazón palpitaba muchísimo, al borde de la taquicardia. De forma muy burda, sin elegancia, saqué lo que escondía bajo mis pantalones. María abrió los ojos y enmudeció. Se sorprendió enormemente ante aquellos veintidós magnos y resplandecientes centímetros. Supongo que no se lo esperaba; ya dije que fui muy basto y no tuve ningún tacto.

No esperé más y me lancé sin remisión. Quería sentir por fin el placer de efectuar lo que había ido a efectuar. Y juro que hasta entonces jamás había sentido tanto placer, nunca me había sentido tan vivo, como cuando le metí una bala en la sien a María. Oculté la pistola de nuevo en mis pantalones y estuve un minuto contemplando sus ojos y su sangre, y oliendo su perfume a lejía y crema de manos que tanto me obsesionaba. Volví a colocarme mi ropa, envolviendo mi rostro con la bufanda, y me marché sin ser visto.

Sí, soy lo que los expertos denominan un “asesino en serie”. No sé por qué, pero me gusta matar. María fue la primera, pero no la única. Después vinieron Esther, Cristina, Isabel, Rosa, Ana y Susana. Todas ellas murieron de un tiro en la cabeza. Todas ellas eran limpiadoras, de cuarenta años más o menos, poseían una larga melena morena y un embriagador aroma mezcla de lejía y crema.

*Todos los derechos de este relato pertenecen a la Editorial Beta III Milenio, quedando prohibida su reproducción y uso comercial por parte de terceros.