Caminante

Caminante camina,

primero un pie después otro,

sobre suelo desterrado,

sobre hierba incandescente,

caminante camina

ante la descortesía del viento,

recoge el azul del cielo

y el amarillo rostro

de la lluvia por caer.

 

Caminante camina,

se detiene y escucha.

Escucha bramar las estrellas

recién nacidas,

escucha el eco de los gritos

de la sangre que cae

por la ladera de los montes,

escucha el llanto de los bosques,

árboles que velan

sus hermanos difuntos,

escucha el clamor

de los desgastados ojos

de la libertad animal,

desnuda y fría

en su penumbra.

 

Caminante camina,

imparable e imperturbable,

y escucha toser

a las águilas celestes,

escucha respirar

a perros alérgicos

a los versos sin poesía,

escucha escalas en agua dulce

de marinos mercantes

hundidos en la ciudad,

escucha a la inocencia

perdiendo su lugar.

 

Caminante camina

y calla para seguir escuchando.

Escucha cantar

a las piedras

por una vida en paz,

escucha el silencio

del nostálgico rumor

de palabras sin decir,

escucha el estruendo

de muros que nadie

debería construir,

más piedras que gritan:

¡Dejadme salir!

 

Caminante camina

y se sienta a escuchar.

Escucha llover

el agua seca del mar,

escucha las lágrimas

de libros sin leer,

escucha besos

de tinta deleble,

escucha abrazos

sin compañero de baile,

escucha calles

faltas de música y sol,

escucha latidos

de mecánica dicción,

escucha corazones

sin ninguna pasión.

 

Caminante camina

por quien no tiene piernas,

por quien

no tiene oído

escucha también.

Ve por quien

no tiene vista,

huele

lo que haya que oler,

grita por quien

tiene miedo,

siente por quien

perdió la fe.

 

Caminante camina,

escribes tú…

alma de poeta.

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Breathing Clouds (Nubes que respiran)

Después de un largo período salpicado por pérdidas, nostalgia y sentimientos de diversa índole, hoy puedo presentaros, satisfecho y orgulloso, mi primer libro de poesía -el primero de una serie de tres-, “Breathing clouds” (Nubes que respiran), en el cual el poeta abre el alma y el corazón para hacerle llegar al lector sus pensamientos y vivencias más sinceras y profundas.

Y es que «la poesía es el género de la sinceridad última e irreversible», como advirtió Benedetti, por ello se cierne sobre la mente y el alma del lector como un huracán de sensaciones que provocan la reflexión y el conocimiento íntimos del mundo, de la vida, de los demás, de nosotros mismos.

Esta antología atiende perfectamente a esos aspectos fundamentales con una selección de textos de J. A. Peña Fernández en torno a diferentes sentimientos y pensamientos universales: el amor, la rabia, la duda, la nostalgia, la tristeza o la alegría.

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El libro “Breathing clouds” (Nubes que respiran) puede encontrarse en Amazon, myBook.to/breathingclouds myBook.to/breathingcloudsPaper, tanto en formato papel como en formato e-book, y está escrito en castellano e inglés.


After a long period sprinkled with loss, nostalgia and different kinds of feelings, today I can show you, with satisfaction and pride, my first book of poetry – the first of a series of three-, “Breathing clouds”, in which the poet opens the soul and the heart to bring to the reader his most sincere and deepest thoughts and experiences.

Because «poetry is the genre of ultimate and irreversible sincerity», as Benedetti warned, so it hangs over the mind and soul of the reader as a hurricane of sensations that provoke the intimate reflection and knowledge of the world, of the life, of the others, of ourselves.

This anthology of poems perfectly addresses these fundamental aspects with a selection of texts by J. A. Peña Fernández around different universal feelings and thoughts: love, anger, doubt, nostalgia, sadness or joy.

libropoesia

The book “Breathing clouds” can be found on Amazon, myBook.to/breathingclouds and myBook.to/breathingcloudsPaper, both in paper and e-book format, and is written in Spanish and English.

Saludos. Regards 🙂

CARMEN

El año ha empezado cruel, con el fallecimiento de mi abuela. Aquí va un pequeño homenaje de éste, su nieto menor.

 

Al norte, en Santander,

el viento que mece la vida

bendijo hambriento la salida

de sus ojos al nacer.

Educada en la montaña

por los cielos y los mares,

sobreviviendo avatares

de muerte en una cabaña.

La Guerra apareció, cruel,

para congelar el frío,

las balas y el sinsentido

bebiendo de su alma miel.

La fuerza del desaliento,

de perdidos y olvidados,

la ira del abandonado,

en el corazón: sufrimiento.

La puerta cerrada siempre a la tristeza,

durmiendo bajo el hálito de sus tías,

sin libertad por aquellos días

de genérico gris y escasa franqueza.

Madrid se fue haciendo enorme

alrededor de sus miedos,

de “quieros” y algún “no puedo”,

de un “nunca” siempre disconforme.

Allí un santo de Segovia,

de gran valía e inteligencia,

acabó con su insolencia

vestida en traje de novia.

De tamaña poción mágica

surgieron dos niñas bellas

que brillaban como estrellas

entre las vivencias trágicas.

Aquel segoviano bueno agotó la mirada,

pero llorar no es amigo de los valientes,

y entre tuercas ella apretó los dientes,

sacó adelante a los suyos, con agallas.

Sus hijas en luna creciente

conocieron sus maridos,

ciega agudizó otros sentidos,

siempre fuerte e independiente.

Cuatro nietos, sol y alegría,

veranos de agua salada,

inviernos de pena silenciada,

jugando a las cartas sonreía.

Meciendo en la cuna el llanto,

regresó la mala suerte,

a un yerno le encontró la muerte,

¡todos le querían tanto!

Hija y dos nietos destrozados,

lágrimas nunca en sus mejillas,

alta siempre la barbilla

incluso con el ánima hecha pedazos.

Mas las cicatrices y heridas

no le arrugaron la cara,

fue el reloj, que no para,

quien la pintó envejecida.

Bisnietos llegaron otros cuatro,

cuando disfrutar no podía,

cuando bastón es compañía

y la salud mal teatro.

Así una gripe incipiente,

se adueñó de sus pulmones,

detuvo nuestros corazones

y se la llevó por siempre.

Y mientras mi imaginación vuela

por los confines de otro mundo,

escribo con dolor profundo

a Carmen, mi querida abuela.

D. E. P.

Jamás recordaré olvidarte,

jamás olvidaré recordarte.

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Cansado de no descansar

Me despierto aturdido,

cansado de no descansar.

He dormido sentado

en un pasillo sórdido,

ante una puerta blindada.

Tengo los brazos cruzados

sobre mis rodillas,

me molestan los nudillos,

huelo a sudor, yo,

mi ropa, días sin lavarme.

Mi pelo adopta formas cubistas,

crípticas a mis dedos.

Los ojos me pesan,

cansado de no descansar.

Los pies están descalzos,

me duelen, hay cortes en las plantas,

algunos cicatrizados,

algunos abiertos.

Mi cuerpo es mercancía frágil,

mi mente está ausente,

como en un vacío ingrávido,

mi voz ronca,

las palabras me huyen,

las lágrimas secan

antes de pensar en brotar.

Estoy cansado de no descansar.

Observo el pasillo y no hay nada,

blanco, estrecho, nada,

sólo esa puerta blindada.

Miro fijamente a la puerta,

hay algo en el medio,

es como una señal,

la señal de mil y un golpes,

la señal de tanto llamar.

Me duelen los nudillos,

sí, de haber llamado a esa puerta

sin parar,

sin recibir respuesta.

No voy a llamar más,

cansado de no descansar

sólo espero sentado

a que decidan abrir.

Sé que hay alguien al otro lado,

escucho unos pasos,

a veces se acercan a la puerta

y otras veces se alejan.

Ahora están cerca, noto calor.

Suena la cerradura,

la puerta queda entreabierta,

el calor se ha ido,

sólo siento frío.

Aun cansado de no descansar,

me levanto y camino

dejando huellas de sangre

en el pálido suelo.

Abro, apenas veo,

está oscuro, gris,

la luz procedente de una lamparilla

de mesilla es muy tenue.

Camino con cuidado,

cierro.

En la habitación hay una cama

y un armario, la lamparilla

de mesilla encendida

y unas cortinas negras, echadas,

tapando un gran ventanal.

El suelo de la habitación está lleno

de cristales, miles de pedazos

se reflejan en la oscuridad,

alguno habré pisado,

por eso las heridas de mis pies.

Bajo la lámpara hay algo,

de cristal, no sé qué es,

está roto, aún sin terminar.

Al fondo, junto a las cortinas,

hay una mujer en el suelo,

agazapada, sentada, callada,

con los brazos cruzados

sobre sus rodillas,

como yo al despertar.

La miro entre las tinieblas,

veo un ojo morado,

un pómulo hinchado,

un labio partido,

la nariz sangrienta,

en la cabeza una brecha.

No sé qué decir,

cansado de no descansar,

pero algo digo

mientras meto la mano

en mi bolsillo.

Pegamento es lo que hay.

Me siento al otro lado

de la puerta,

hablo, no sé lo que digo

pero hablo, hablo y cojo

un trozo de cristal del suelo,

cojo otro trozo y los voy pegando.

Pego y pego pedazos,

los pego también al extraño

objeto de cristal

que hay bajo la lamparilla.

No sé lo que es,

pero yo pego.

No sé lo que decir,

pero yo hablo.

Y cada vez que hablo y pego

más trozos de cristal

veo que la herida de la mujer cierra,

que su pómulo se deshincha,

que su ojo se aclara,

que su sonrisa embellece.

Hay muchos trozos que unir,

cansado de no descansar,

pego lo que me da tiempo

antes de que con su gesto

ella me invite a salir.

Dejo el objeto, un poco menos roto,

bajo la tenue luz de la lamparilla.

Me levanto sin querer levantarme,

abro sin querer abrir,

salgo sin querer salir,

abro y salgo, pero no cierro,

yo dejo entreabierto.

Observo el pasillo y no hay nada,

blanco, estrecho, nada,

sólo la sangre de mis pisadas,

sólo una puerta blindada.

Me siento en el suelo,

tengo los brazos cruzados

sobre mis rodillas,

escucho pasos y siento calor,

la puerta se cierra,

siento frío.

Me molestan los nudillos, menos,

huelo a sudor, más, yo,

mi ropa, días sin lavarme.

Mi pelo adopta formas imposibles,

caprichosas a mis dedos.

Los ojos me pesan,

mi cuerpo es mercancía frágil,

mi mente está ausente,

como en un vacío insustancial,

mi voz ronca,

las palabras me huyen,

las lágrimas ahora no secan

antes de pensar en brotar.

Estoy sólo, hay silencio,

nadie me ayuda a mí

a limpiar la sangre de mis pisadas;

ya lo haré yo mañana,

ahora estoy cansado de no descansar.

*Dedicado a todos aquellos, muchos, cansados de no descansar.

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Cerca de Medellín

Gritos de auxilio en la noche,

luces que un instante apaga,

sangre en litros derramada,

cerca de Medellín.

 

La selva queda en silencio,

devorando los latidos,

de quien resultó vencido

por una final sin fin.

 

La lluvia empapa los cerros,

los árboles y los cielos,

lágrimas entre rabia y viento,

cerca de Medellín.

 

El tiempo agota el auxilio

entre el barro del camino

donde se llevó el destino

un grupo de almas afín.

 

En las tinieblas del monte,

sólo sus voces se oyen,

médicos y policías corren

cerca de Medellín.

 

Entre animales un niño

en las sombras escondido

guía a los aparecidos

hasta esa cima ruin.

 

La muerte ha hecho su trabajo,

la realidad es devastadora,

setenta y un corazones, su hora,

cerca de Medellín.

 

¿Por qué?, ¡dime!, Dios mío,

¿por qué sucedió algo así?

¿Por qué murieron en el frío?

¿Por qué cayeron aquí?

 

Acompañando las sombras

la esperanza respira,

seis continúan con vida,

cerca de Medellín.

 

De los hierros y metales

sacan a los vivos de allí,

seguro se salvan, aun graves,

¡el sol comenzó a salir!

 

Madrugada interminable

entre escombros y maleza;

un avión, mucha tristeza,

cerca de Medellín.

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A todos los que con el simple golpeo de un balón con los pies hacen e hicieron feliz a mucha gente. Tan enorme mérito bien merece nuestro recuerdo. D.E.P.