Nadando sueños

Había tanta gente

esperando que

se ahogase en

sus propios sueños

que no se dieron cuenta

de que él

había aprendido

a nadar.

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CARMEN

El año ha empezado cruel, con el fallecimiento de mi abuela. Aquí va un pequeño homenaje de éste, su nieto menor.

 

Al norte, en Santander,

el viento que mece la vida

bendijo hambriento la salida

de sus ojos al nacer.

Educada en la montaña

por los cielos y los mares,

sobreviviendo avatares

de muerte en una cabaña.

La Guerra apareció, cruel,

para congelar el frío,

las balas y el sinsentido

bebiendo de su alma miel.

La fuerza del desaliento,

de perdidos y olvidados,

la ira del abandonado,

en el corazón: sufrimiento.

La puerta cerrada siempre a la tristeza,

durmiendo bajo el hálito de sus tías,

sin libertad por aquellos días

de genérico gris y escasa franqueza.

Madrid se fue haciendo enorme

alrededor de sus miedos,

de “quieros” y algún “no puedo”,

de un “nunca” siempre disconforme.

Allí un santo de Segovia,

de gran valía e inteligencia,

acabó con su insolencia

vestida en traje de novia.

De tamaña poción mágica

surgieron dos niñas bellas

que brillaban como estrellas

entre las vivencias trágicas.

Aquel segoviano bueno agotó la mirada,

pero llorar no es amigo de los valientes,

y entre tuercas ella apretó los dientes,

sacó adelante a los suyos, con agallas.

Sus hijas en luna creciente

conocieron sus maridos,

ciega agudizó otros sentidos,

siempre fuerte e independiente.

Cuatro nietos, sol y alegría,

veranos de agua salada,

inviernos de pena silenciada,

jugando a las cartas sonreía.

Meciendo en la cuna el llanto,

regresó la mala suerte,

a un yerno le encontró la muerte,

¡todos le querían tanto!

Hija y dos nietos destrozados,

lágrimas nunca en sus mejillas,

alta siempre la barbilla

incluso con el ánima hecha pedazos.

Mas las cicatrices y heridas

no le arrugaron la cara,

fue el reloj, que no para,

quien la pintó envejecida.

Bisnietos llegaron otros cuatro,

cuando disfrutar no podía,

cuando bastón es compañía

y la salud mal teatro.

Así una gripe incipiente,

se adueñó de sus pulmones,

detuvo nuestros corazones

y se la llevó por siempre.

Y mientras mi imaginación vuela

por los confines de otro mundo,

escribo con dolor profundo

a Carmen, mi querida abuela.

D. E. P.

Jamás recordaré olvidarte,

jamás olvidaré recordarte.

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