Ningún monstruo vino a verme

Recuerdo aquel programa de Masterchef en el que al concursante en cuestión le tocaron unos chipirones. El concursante, cuyo nombre no recuerdo, teñía su mirada de enorme escepticismo. “¿Qué demonios hago yo con esto?”, se leía perfectamente en sus ojos. Tal era su desconcierto que el hombre -de eso sí me acuerdo, era hombre- no hizo nada, simplemente pasó los chipirones por la plancha un segundo, los colocó en el plato, puso un poco de mahonesa en un lateral, y se lo presentó al jurado. No sólo al jurado, porque por allí estaba ese espectacular cocinero con tres estrellas Michelín, jefe de cocina del mítico restaurante Akelare, don Pedro Subijana. Cuando Jordi Cruz -miembro del jurado (aclaro para aquellos que no lo conozcan)- y el propio señor Subijana se acercaron al concursante, el primero le preguntó: “¿Tú crees que esté es un buen plato?”. Obviamente, el hombre contestó que no, pero, ante su sorpresa, el señor Cruz le dijo: “Este plato es perfecto, absolutamente perfecto. Hay productos con los que menos es más, con los que no hay que hacer nada porque si no los estropeas. Éste es uno de esos productos… Buen trabajo”. Don Pedro Subijana, por su parte, asentía.

Esta evocación aparentemente inútil que ahora saco a colación me vino a la mente ayer, justo después de terminar de ver en el cine Un monstruo viene a verme, de J. A. Bayona, y no porque me entrara hambre de chipirones mientras me hallaba sentado en mi butaca, sino porque a la conclusión de la película me hubiesen dado ganas de tener a mi tocayo Juan Antonio delante y recordarle aquello de: Hay productos con los que menos es más, con los que no hay que hacer nada porque si no los destrozas. Éste es uno de esos productos…, norma que todo ser creativo -cineasta, escritor, pintor, cocinero, etc.- debería tener como principio básico a la hora de crear sus obras, norma que el señor Bayona desconoce -lo cual sería peligroso- o no aplica -lo cual sería aún peor-.

No es que quiera yo comparar Un monstruo viene a verme con unos chipirones, pero reduciendo la creatividad a lo más esencial, J. A. Bayona tiene aquí kilos y kilos de chipirones entre manos -esto es, kilos y kilos de un producto bueno en sí mismo-, y a fuerza de añadirle y añadirle ingredientes, termina consiguiendo estropear el plato. A los amantes del cine no nos sorprende, conocemos bien a J. A. Bayona y sus “maneras”, sus “tics” y su excesiva tendencia al efectismo hábil, que son cosas que el público en general le aplaude, pero que a mí me cabrean porque convierten un producto de un 8 u 8.5 -notable alto- en uno de 5.5 o 6 -aprobado raso-.

Y es que Un monstruo viene a verme es un producto ganador en sí mismo -como aquellos chipirones a los que menciono por última vez; ¡lo prometo!-, pues narra la historia de un niño de 12 años que se debate entre la negación y la aceptación de la pronta muerte de su madre, muy enferma, y que para hacer frente a tal evento, siendo un niño de gran imaginación, crea en su mente un monstruo que le visita por las noches para contarle tres historias que le harán comprender e interiorizar la situación… Por tanto, y más allá de la pseudo-innovación del monstruo -no es innovación ninguna, pues se ha visto varias veces con anterioridad-, la historia es muy conmovedora.

No obstante, y empezamos con las cosas negativas de la película, la historia es muy tramposa y “facilona”. Familia desestructurada -¿por qué en el cine estas cosas no le pasan a familias normales? Ya lo sé, porque sería mucho más complejo conmover al espectador… ¡Cuánta cobardía!-, niño incomprendido y mal tratado en el colegio -lo de siempre-, abuela “Rottenmaier”, etc. Es decir, todo “precocinado” para llegarte al corazón. Si a eso, además, le unimos los excesos del señor Bayona, pues se te termina cayendo la lágrima. ¿Qué excesos?, os preguntaréis. Pues los típicos en estas historias: el niño abrazando a la agonizante mamá, la cámara recreándose en cómo mamá y niño se cogen de la mano, etc. EFECTISMO!!!

Pero no es eso lo peor de la película, al menos en mi opinión. Lo peor es su monstruoso guión, no carente de ciertas lagunas y extrañezas. Lo más evidente y sonrojante es el propio monstruo, no porque esté mal hecho, sino por sus formas. Mira que yo abogo por no tratar a los niños como tontos, pero de ahí a ver a un niño de 13 años hablando y siendo tratado como un filósofo… no me lo trago!! Y es que las conversaciones entre el monstruo y el niño parecen entre Séneca y Platón, así como que los cuentos que el monstruo le narra al muchacho se asemejan más al Mito de la caverna que a Blancanieves y los siete enanitos. Y, repito, el niño tiene 13 años, y no me imagino a un niño de tal edad, por muy listo que sea, haciéndose preguntas y disertando sobre la vida de esa manera. Aunque verlo y escucharlo tiene su gracia, ciertamente.

Pese a todo, la película se deja ver, es visualmente correcta y tiene unas interpretaciones aceptables -ninguna sobresaliente; el niño tampoco-. Sin embargo, no pasa de ahí, y es inevitable acabar con cierta sensación agridulce.

Sinceramente a mí, ayer por la noche, ningún monstruo vino a verme

PUNTUACIÓN: 5 sobre 10


UN MONSTRUO VIENE A VERME

Dirigida por Juan Antonio Bayona
Géneros FantasíaDrama
Paises Ee.uu.España
SINOPSIS

Conor O´Malley (Lewis MacDougall) es un chico que a sus 13 años ha tenido que asumir muchas responsabilidades. Tras la separación de sus padres y la grave enfermedad que padece su madre (Felicity Jones), se ha visto obligado a tomar las riendas de su hogar. Además, debido al acoso escolar que sufre en el colegio, ha creado un mundo de fantasía plagado de hadas, duendes y demás criaturas maravillosas, que le permite escapar de su rutina y superar sus miedos. Porque incluso en su propio ambiente familiar, su inventiva tiene que enfrentarse incluso con la visión de su fría y calculadora abuela (Sigourney Weaver).

A través de la ventana de su habitación, el joven puede divisar un tejo, un viejo árbol que lleva en pie miles de años. Unos minutos después de la medianoche, Conor despierta y se encuentra con un monstruo (Liam Neeson) a través del cristal. Pero no se trata de la aterradora criatura que él esperaba, la que aparece en la pesadilla que tiene casi todas las noches desde que su madre empezó el duro e inacabable tratamiento contra el cáncer. No, este monstruo es muy diferente, y quiere lo más peligroso de todo: la verdad. ¿Podrá este increíble árbol que ha cobrado vida en su imaginación ayudarle a superar sus problemas?

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