Corazones de tiza

En aquel callejón fugaz e incorpóreo en el que te encontré no queda más que mugre, basura y un corazón pintado con tiza. El corazón es blanco, tiene partes borradas, pero todavía se percibe perfectamente su silueta. Está atravesado por algo parecido a una flecha; no es una flecha. «Atravesado por una flecha, el corazón dejaría de latir. ¡Qué crueldad!», pensé. Así que pinté la manecilla de un reloj. «A los corazones sólo les atraviesa el tiempo».

Hacía ya mucho tiempo que no atravesaba este callejón efímero e inmaterial, todo ese tiempo que atraviesa corazones y les hace dejar de latir. Si he venido hasta aquí, hoy, es porque he de olvidar recordar aquello que un día recordé olvidar: una mirada, una sonrisa, una boca, un olor, una voz. Me agacho delante de aquel corazón blanco y saco de mi bolsillo dos tizas; con la azul, la de tu mirada, pinto el contorno del corazón, repaso para que no se vea lo blanco, aprieto con fuerza; con la roja, la de tu sonrisa, pinto la manecilla que lo atraviesa, también repaso para que no se vea lo blanco y aprieto con fuerza. La mugre y la basura no las retiro, ¿para qué?, siempre va a haber mugre y basura.

Hoy, en este callejón pasajero y etéreo, pinto de colores un corazón atravesado por el tiempo…

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