Un mundo sin rumbo

Estoy sentado en una mesa, cenando, mirando la decoración concisa de un salón desgastado. Colgados de la pared hay una trenza de pelo natural y un crucifijo; no miento, es lo único que hay en los muros, debe ser que en Austria se llevan esas cosas. Delante de mí se sienta una encantadora chica menorquina que conocía desde hacía escasas horas, no más, nunca antes la había visto, es lo que tienen los viajes en grupo. No sabría explicar muy bien por qué la chica -¡qué buena gente!-, comenzó a relatarme una lamentable historia que yo ni conocía ni había oído, una historia que me ha hecho pensar enormemente en los últimos días y sobre la que quiero reflexionar.

La historia en cuestión, la cual paso a resumir, transcurre en un restaurante de Ciutadella, municipio de Menorca, y está protagonizada por los empleados del establecimiento y por un supuesto poeta mallorquín -hago uso de la palabra “supuesto” no por faltar, sino por dos razones: la primera, porque en estos tiempos desgraciadamente el término poeta está muy devaluado, y a cualquiera que es capaz de rimar “camión” con “avión” se le tiene por tal; la segunda, porque hoy hay mucho sujeto rimador al que no conoce ni su padre, en ninguna parte, ¡da igual donde preguntes!, ni aquí ni allá, ni en Europa ni en América ni en Asia, menos aún en África o en Oceanía (en la Antártida no he preguntado, ¡juro que al primer pingüino que vea le pregunto!), no hay personas que te digan qué libros han escrito o que te reciten uno de sus poemas, nadie tiene la menor idea de ellos-.

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Foto: Ciutadella. Menorca.

Pues bien, al pedir el postre el supuesto poeta y su acompañante no fueron entendidos. Ellos pidieron dicho postre en catalán, lengua oficial de Menorca -señalar que en la isla de Menorca se habla menorquín, dialecto del catalán, y, por tanto, lengua con bastantes similitudes a esta última; no obstante, y para no liar al lector, en este texto sólo se hablará de idioma catalán, sin precisar en mayor medida-, pero la chica que los atendía no entendió lo que dijeron, por lo cual pidió que le repitieran lo dicho. De nuevo, al no poder entenderlos, la camarera reclamó que le repitieran el pedido más despacio o, en su caso, que se lo dijeran en español -como parte de España que es, en Menorca se habla español con perfección-, algo tan aparentemente normal y razonable que cuesta entender cómo consiguió encender los ánimos tanto del supuesto poeta como de su acompañante -también los de los empleados del local- hasta el punto de montarse tal guirigay de gritos e improperios que, al provocar molestia al resto de clientes, hubieron de ser expulsados del restaurante. La historia no hubiese tenido ningún recorrido si no llega a ser porque el supuesto poeta decidió escribir en su muro de Facebook que en ese restaurante lo vejaron, insultaron, trataron con xenofobia, amenazaron y echaron únicamente por hablar catalán. No contento con eso, el supuesto poeta publicitó su escrito, y con ello a sí mismo, lo más que pudo -poco, porque esta historia no ha tenido mayor recorrido, ya les dije que a algunos poetas no los conocen en ningún lado, bueno, en la Antártida quizá sí, no lo sé, ¡al primer leopardo marino que vea le preguntaré!-, después de lo cual el restaurante, según ellos mismos confiesan, ha recibido llamadas amenazantes e insultantes, así como una pléyade de malas críticas en portales de Internet -el establecimiento señala haber tenido que avisar a alguna de estas páginas porque muchas de las críticas, obviamente, estaban realizadas por gente que no había ido allí a comer o cenar-. Además, ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, el local convino enviar un escrito explicando su versión de los hechos, versión que, por cierto, y de nuevo según palabras de los empleados del restaurante, ninguno de los que le han vilipendiado se había molestado en pedir.

Ya sé lo que algunos estaréis pensando ahora mismo: “Ya viene otro a meternos un rollo anti -o pro- catalanista”. Tranquilos, nada más lejos de mi intención. Si esta historia me ha hecho reflexionar en los últimos días no es por culpa de la cuestión idiomática o catalanista, pues analizar este suceso desde ese punto de vista me parece simplista y superficial. Es más, que yo no esté de acuerdo o no comparta ciertas ideas no me hace ver como incorrecto el hecho de que alguien defienda su idioma o sus ideas, ya que yo defiendo las mías, así como a mi bella, sutil, maravillosa y poderosa lengua: el español. Lo que me ha hecho reflexionar, y lo que quiero compartir con vosotros, es la parte humana -inhumana, más bien- de toda esta historia, que es lo que de verdad me deja perplejo.

Que el ser humano a menudo es un ente deplorable no es algo que descubramos ninguno de nosotros en este momento, lo vemos y comprobamos todos los días demasiadas veces, pero…, ¿por qué nos empeñamos en demostrarlo? Decía Hobbes que “el hombre es un lobo para el hombre” y que la “sociedad es una guerra de todos contra todos”, mas no llegó a decir, que yo sepa -si lo dijo discúlpenme, que no quiero apropiarme de pensamientos que no son míos-, y por ello lo añado yo, que “en gran número de ocasiones el peor lobo para el hombre es su lobo interior”; o, dicho con mayor sencillez y menor pompa: “La mayoría de veces el peor enemigo de una persona es ella misma”. Que algunas personas sean capaces de usar temas tan sensibles como el catalanismo o el problema del idioma catalán en su propio beneficio, o que sean capaces de echar mierda sobre la reputación de personas o establecimientos en su propio beneficio y jugar, de tal modo, con el pan de la gente, no hace que aquellos inteligentes observen con malos ojos a esa persona o local vilipendiado, sino que provoca que aquellos inteligentes perciban la falta de valores, la bajeza moral, la carencia de escrúpulos y la escasez intracraneal y educativa de quien lo ha vilipendiado, el cual, reaccionando así -esto es, del mismo modo ofensivo que quien asegura que le hizo sentir ofendido-, pierde toda la razón que pudiera tener, causándose perjuicio propio. Este tipo de sujetos me recuerdan a aquel Fabián Minguela de Mazurca para dos muertos al que Don Camilo José Cela definía de magistral manera con la siguiente frase, sublime y esclarecedora: “Raimundo el de los Casadunfles piensa que Fabián Minguela pasea por la vida las nueve señales del hijoputa (1)”. Aquellos inteligentes que hayan leído la novela sabrán por qué hago esta referencia…

Y digo “aquellos inteligentes” porque por mucho que otros nos quieran crear mala fama con sus actos a todos los demás, los hay que aún usamos el cerebro. Debe de ser por eso, porque yo uso el cerebro, que no logro comprender los motivos que han llevado a determinados individuos a proferir amenazas, insultos y críticas negativas del establecimiento sin preguntar a la otra parte, sin preocuparse lo más mínimo de corroborar la historia narrada por el supuesto poeta -y eso que a algunos poetas no los conoce nadie, bueno, ya dije que en la Antártida no he preguntado, ¡debería haber preguntado en la Antártida antes de empezar a escribir este artículo!-, mostrando y demostrando con ello el nivel de idiotez (2) e involución mental que puede llegar a alcanzar ese tipo de animales que algunos adjetivan, sin sorna, racionales. ¿Dónde hemos dejado esa racionalidad? ¿En qué parte del camino la perdimos? Recuerdo cuando mi madre me decía aquello de: “Hijo, si ése se tira por una ventana… ¿vas a ir tú detrás y te vas a tirar también?”. Ahora veo con pena cómo cada vez son más los que se tirarían por la ventana detrás del primero que pasa, tanto los idiotas (2) como los que aparentemente no lo son, atontados (3) e idiotizados (2) todos por una sociedad cuyas ventanas hace tiempo que no dejan entrar aire limpio en las habitaciones.

Pero también veo con orgullo, con mucho orgullo, como yo no soy tan tonto (3) como para no mirar lo que me espera abajo antes de tirarme por la ventana: si veo que me voy a dar un golpetazo, prefiero bajar y salir por la puerta. De hecho, tardé únicamente cinco minutos en observar que esta chica menorquina -¡qué maja!, por cierto- a veces traducía mentalmente algunas palabras para hablar conmigo en español, esto es, que tiene por hábito hablar en catalán; esto es, por tanto, que en Menorca se tiene por hábito hablar en catalán, por lo que… ¿de verdad alguien puede pensar que te van a vejar y amenazar por hablar catalán en un sitio donde se habla catalán? ¿De verdad alguien cree que en Albacete, Soria o Cantabria, por decir algunos, te van a vejar y amenazar por hablar en español? ¿De verdad alguien cree que en Madison o en Liverpool o en Brisbane te van a vejar y amenazar por hablar en inglés? ¿De verdad alguien cree que en la Antártida te van a vejar y amenazar por hablar en… en lo que se hable en la Antártida, que yo no sé qué es? ¿Estamos tontos (3) o qué? ¿Por qué somos así? ¿Por qué hemos llegado a este punto? ¿Qué hacer para no seguir involucionando? ¿Cómo evitar seguir tirándonos por la ventana?

Cada día que pasa este mundo sin rumbo está más repleto de tontos (3), de idiotas (2) y de gentes que pasean por la vida las nueve señales del hijoputa (1) -unos pasean justo las nueve, otros pasean más y otros menos, el número de señales es variable-, algo tan cierto que lo saben hasta en la Antártida -esto no me hace falta preguntárselo ni a un pingüino ni a un leopardo marino, ¡ni siquiera a un supuesto poeta!-. A este respecto, que cada cual se mire a sí mismo y medite. Yo, por mi parte, ya he meditado, y lo único que puedo deciros es que no dejéis de visitar Menorca, una isla repleta de belleza y de gente estupenda en donde, mal que algunos les pese, os tratarán de maravilla.

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Fotos: Menorca. Ciudades y playas.

P.D: No hay peor persona que aquella que no sabe el daño que se está haciendo a sí misma.

1- Hijo de puta, hijo puta, hijoputa y joputa, o como en otros lugares de habla hispana: jue’puta, es una expresión de carácter soez que se usa en el idioma español desde tiempos del Siglo de Oro -quizá con anterioridad, no está muy claro cuándo surgió aquel famoso término “hi de puta” ya utilizado en El quijote- con diferentes connotaciones, mayormente sólo adjetivas y descriptivas, y que según la Real Academia Española define una forma vulgar de llamar a alguien “mala persona”. Esto quiere decir, lejos de lo comúnmente considerado, que un hijo de puta no es más que una mala persona, lo que a su vez quiere decir que, dada la gran cantidad de malas personas que andan por ahí… ¡Madre mía!… ¡Cuánto hijo de puta anda suelto!
2- La idiotez, el idiotismo o la idiocia -los tres términos son iguales, por lo que su uso es indiferente- es equivalente, en términos médicos, al retraso mental profundo, una enfermedad mental que consiste en la ausencia casi total en una persona de facultades psíquicas o intelectuales. Por tanto, la palabra Idiota, ya utilizada en el latín y el griego antiguos y que en su significado y forma moderna proviene de la palabra francesa “idiote” -persona sin educación, ignorante-, designa a aquella persona desbordante de idiotez, idiotismo o idiocia; o lo que es lo mismo, designa a aquella persona carente de facultades psíquicas o intelectuales; y dada la gran cantidad de gentes con escasas facultades psíquicas e intelectuales -no me refiero precisamente a los que sufren de este hecho por enfermedad, ¡es una lástima que estos últimos existan!- que andan por ahí… ¡Madre mía!… ¡Cuánto idiota anda suelto!
3- Aunque Forrest Gump tenía razón y tonto -lerdo, menso, tocho, gili, tarado, babión, hijo de burro, idiota, soplagaitas, boludo, soplapollas, animal, imbécil, lelo, capullo, gafo, huevón, sonsuela, gilipollas, pendejo, etc.-  no es más que aquel que hace tonterías, siendo más pulcros y puntillosos el adjetivo tonto refiere a la persona que posee una inteligencia reducida, alguien torpe, tardo o con una conducta poco pertinente. Ni qué decir tiene… ¡Madre mía!… ¡Cuánto tonto anda suelto!
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5 comentarios en “Un mundo sin rumbo

  1. Estoy más cerca de la Antártida que tú, y puedo aclararte algunas dudas. En la Antártida no hay ningún idioma oficial, porque somos siete países pidiendo soberanía, todavía, y por ello se hablan varios idiomas por las bases de investigación asentadas allí. Sin dudas los más hablados son el inglés y el español, pero le siguen el alemán y unos cuantos más. Igualmente, esos “gilipollas” que tu mencionas (BOLUDOS con mayúsculas en mi país) están esparcidos en los cinco continentes; desconozco si en la Antártida tiene tiempo como para estos “menesteres”. Este que mencionas, es uno de los tantos casos donde la defensa de una opinión personal vale más que la felicidad. Ya lo decía un maestro de la sabiduría: “prefiero ser feliz a tener razón”.

    Conocí Mallorca y me quedé con todas las ganas de Menorca… Debo volver, sin dudas! Y me da igual el idioma, las divisiones y las riñas: sois bellos de norte a sur, de este a oeste, hablen como hablen, defiendan lo que defiendan. Para quienes miramos “desde afuera”, como extranjeros, les aseguro que vemos a todos iguales. Para mí ha sido un placer inmenso compartir con andaluces, catalanes, madrileños, vascos, gallegos, valencianos, etc. Una pena que no se hermanen, ¡son maravillosos! (hijoeputas hay en todos lados, aquí ni te cuento!!!).
    Abrazo creativo.

    1. Gracias por la aclaración. A mí me gusta mucho utilizar el sarcasmo y el humor cuando escribo, y hay temas como éste que es mejor tomárselos con humor… pero no dejar tampoco jamás de denunciarlos y comentarlos, porque la deriva que toman puede ser peligrosa.

      Me encanta esa frase que citas: “Prefiero ser feliz a tener razón”. Otro sabio dijo, y esta frase es más fea pero igual de interesante: “Al tonto hay que decirle que es tonto, no vaya a ser que no lo sepa y siga actuando de la misma forma”. Usando esta última frase como inspiración, va este post a todos esos que tienen estos comportamientos con los que, en definitiva, se denigran a ellos mismos. Es una pena.

      Me alegro que hayas disfrutado mucho de este maravilloso país, y de tanta gente buena, simpática y encantadora que hay por aquí. Desgraciadamente, no todos son buenos e idiotas, hijoputas y demás existen bastantes.

      Abrazos creativos y positivos.

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