El jugador

«Él me dijo: "Hijo, me he pasado toda la vida leyendo las caras de la gente, sabiendo qué carta poseen por la manera en que colocan sus ojos; así que, si no te importa que lo diga, puedo ver que estás sin ases. Por un sorbo de whisky, te daré un consejo:..."».

Estas palabras no son mías, ni pertenecen a la obra de un literato, corresponden a una canción que siempre me ha gustado mucho y a un cantante de esos que en este país ya casi nadie conoce, y que muchos de aquellos que lo conocieron ya lo habrán olvidado. Para qué negarlo, es un hombre de 77 años que canta un género musical cuya presencia en España es residual: el Country. Los que son de mi generación dudo que lo conozcan, y los más jóvenes que yo probablemente no hayan oído su nombre jamás, sin embargo han sido éstos -pues en dichas edades se encuentra el núcleo mayor de usuarios de Internet- los que ayudaron a difundir su muerte hace unos días a través de Twitter.

Para tranquilidad de algunos, y de él mismo, Kenny Rogers sigue vivo, coleando y cantando. De hecho, Kenny Rogers canta como los ángeles, esto es, canta muy bien, que aunque yo no los he escuchado nunca, ya saben ustedes que una vez se extendió por ahí el rumor de que los ángeles cantan muy bien… y, desde aquel momento, al que canta muy bien se le dice que canta como los ángeles. Supongo que así son los rumores, ¿no?, uno dice que ha oído cantar a un ángel muy bien y aquel que le escucha decirlo, en vez de buscar un ángel y oírle cantar para comprobar si es verdad que canta bien, se gira y le dice al que tiene al lado: “Los ángeles cantan fenomenal, ¡como nadie de bien!”, para después coger su teléfono móvil y escribir un Tweet o un WhatsApp o ambos -esto ahora, antes con el boca a boca era suficiente- transmitiendo el mismo mensaje. Y, así, de repente, sin comerlo ni beberlo, los ángeles cantan muy bien.

Pues del mismo modo, sin comerlo ni beberlo, esta semana Kenny Rogers ha muerto sin morir. Y parafraseando las palabras de su canción más famosa, The Gambler, esas palabras que arriba he incorporado, me he preguntado a mí mismo si yo podría leer las caras de la gente que es capaz de extender rumores como estos, si yo podría leer sus ojos y reconocer qué cartas poseen y de qué cartas carecen. Mi conclusión: No. Soy incapaz de entender a este tipo de personas; y para poder reconocerlas primero tendría que entenderlas, si no es imposible. Cierto, no puedo entender cómo alguien -ese que lo inicia todo, ese primero que extiende el rumor- puede levantarse una mañana y decirse a sí mismo: “Hoy voy a comentar que Kenny Rogers ha muerto”. Tampoco puedo entender cómo alguien escucha algo y se lo cree a pies juntillas, como si lo dicho tuviese fuerza de ley y no pudiese ser una trola del tamaño de todo Texas -tierra natal del señor Rogers-. Tampoco he entendido nunca ese fenómeno extraño que se da en las personas que extienden rumores: el orgullo que les produce ser portadores y transmisores de una noticia que tú no sabes; es algo muy curioso cómo esas personas se te acercan con sigilo y murmurando, casi en el susurro, te preguntan: “¿Te has enterado?”; tú, intrigado, siempre respondes: “No, ¿qué sucede?”; entonces, el inclino te dice: “Pues que los ángeles cantan de puta madre…”; y tú, decepcionado, le comentas: “¡Vaya!, creía que me ibas a decir que Kenny Rogers seguía vivo…”. Pero, bueno, en cuanto a este tema de los rumores parece que la vida sólo vende en los casos de resurrección, lo cual me lleva a confesar algo que no le he dicho a nadie y que pido que quede entre nosotros: Elvis vive en el número 20 de mi misma calle.

Y como Kenny Rogers no ha resucitado porque sigue muy vivo, me apetece hacerle un homenaje dejándoos aquí esa famosa canción llamada The Gambler, El jugador. Para aquellos que lo conozcan esta canción será un buen recuerdo; para los que no lo conozcáis, será un buen modo de presentároslo; para todos, quedémonos con ese consejo maravilloso que, tras reconocer en sus ojos que él no tenía ases, el jugador le concede:

«"Cada jugador sabe que el secreto para sobrevivir
es saber qué tirar y qué conservar.
Porque cada mano es ganadora y cada mano es perdedora,
y lo mejor que se puede esperar es morir mientras duermes."».

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Pasó el tiempo

El ruido del agua se unió al de su llanto. Juan había decidido nacer junto a un río caudaloso.

  • Este niño es muy extraño.
  • Es como todos, sólo es que casi no habla…

Pasó el tiempo. Juan era un niño inocente cuando comenzó a sentarse en una esquina, junto al río, en silencio, solo.

  • Hola, ¿estás ahí?
  • No. Estoy pensando…

Pasó el tiempo. Juan era un joven insomne cuando en aquel rincón del río empezó a oler a putrefacto.

  • Esto huele fatal.
  • Sí, aquí ya no se puede pensar…

Pasó el tiempo. Juan era un hombre inestable cuando en aquel rincón dejó de haber un río.

  • No queda agua.
  • Ahora todo se seca…

Pasó el tiempo. Juan era un maduro enfermizo cuando olvidó que en un rincón cercano hubo un río.

  • El río desapareció hace ya mucho tiempo.
  • Yo también…

Pasó el tiempo. Juan era un anciano muy extraño cuando, llorando, se sentó en una esquina, en silencio, solo. Pasó algo más de tiempo, Juan ya no podía pensar cuando en aquel rincón empezó a oler a putrefacto.

Juan, olvidado, desapareció. Había decidido morir junto a un río seco. Pasó el tiempo…