De sonrisas y llantos

Hace un par de días escribí en Twitter lo siguiente: “Debemos elegir muy bien a quién otorgarle nuestro llanto y nuestras sonrisas”. La frase en cuestión generó cierta polémica, polémica que yo ni pretendía generar ni me esperaba generar, por lo que al final opté por borrar el mensaje y zanjar el asunto por la vía rápida, que tampoco está uno a estas alturas para discusiones virtuales.

Todo el mundo cerraba filas junto a mí en lo de elegir a quién otorgarle el llanto. Por supuesto, nuestro llanto ha de ser para alguien -y por alguien- absolutamente especial. A todas luces ésta parece una tesis indiscutible; de hecho, la propia idiosincrasia del llanto comporta relevancia y valor respecto a quién o qué lo provoca: uno llora, ya sea llanto de tristeza o de felicidad -que también existe-, por ése, ésa o eso que le importa. Si no te importa lo más mínimo, no lloras, y no lloras aunque te lo propongas, que el oficio de plañidera está ya muy en desuso.

El problema de mi comentario residía en aquello de elegir a quién sonreír. En este sentido, he comprobado que hay mucha gente partidaria de “La teoría del todo“, de ir siempre con una sonrisa en la cara presta para todo aquel que se cruce en tu camino, porque de ese modo hacemos de este un lugar más agradable y mejor en el que vivir. Yo no dudo de la buena voluntad de la gente que defiende esa teoría, pero no estoy de acuerdo en absoluto.

Recuerdo una vez que caminaba por la calle Goya de Madrid y al llegar a la esquina con la calle Alcalá había unos chicos haciendo una encuesta. Una de las chicas se me acercó y me preguntó si podía hacer una encuesta, que era muy rápido, etc. Yo le dije que no podía y, mientras pasaba de largo a su lado, la sonreí. En eso que, una vez que ya la había dejado atrás, escuché que la chica le decía a un compañero/a: “Y ése de qué se ríe, es que acaso tengo una cara de la que reírse, es que soy alguien de quien reírse…”. Obviamente, aquel no era más que un gesto amable por mi parte, y aunque me dieron ganas de darme la vuelta y soltarle a la chica alguna frase de Sabina que aquí mejor no reproducir, no lo hice. Esta vivencia de apariencia anecdótica para mí no tuvo nada de anecdótico, por eso la saco a colación, porque me hizo considerar mi sonrisa como algo muy valioso, así como comprender la enorme valía que tiene que tener quien la recibe.

Aunque siempre soy amable y bien encarado con cualquiera, desde aquel instante no regalo ni una sonrisa porque mi sonrisa es la muestra de un estado de ánimo: alegría, contrario -en alguna ocasión es el mismo- al estado de ánimo con el que muestro llanto: tristeza; y si mi llanto no es para cualquiera, sino para alguien importante, mi sonrisa no debe ser para cualquiera, sino para alguien importante, pues mi alegría es tan relevante como mi tristeza. Además, si no estoy alegre…, ¿por qué tengo que sonreír? Sería una falta de respeto hacia mis propios sentimientos, también hacia los tuyos, que recibes un ánimo falso y ficticio, y no hay desánimo más real que el que produce el ánimo ficticio. Quizá por eso a aquel que me escribió en Twitter que “una sonrisa es algo maravilloso y ha de ser para todos” le contesté que “ojalá todos se mereciesen nuestra maravillosa sonrisa”, así como que “demasiadas veces reímos cosas que no tienen gracia; así nos va…”.

Cada cual tendrá su opinión al respecto, todas ellas respetables. Yo, en definitiva, hago con mi sonrisa lo que quiero, que para eso es mía. Tú haz con tu sonrisa lo que quieras, que para eso es tuya, únicamente tuya, pero nunca olvides que es enormemente relevante y debes valorarla como tal.

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5 comentarios en “De sonrisas y llantos

    1. Gracias, Poli. Este usen tema controvertido, muy controvertido, y hay corrientes de pensamiento para todos los gustos.

      La libertad de elegir y de pensar es básica, como bien dices, pero a mí eso de sonreír porque sí nunca me ha parecido correcto. De hecho, pocas veces me he sentido peor que aquellas en las que he sonreído sin ganas (me he sentido peor incluso que cuando he tenido que aguantar el llanto teniendo ganas de llorar).

      Pero ése soy yo, otro puede sentirse bien haciéndolo… Ésa es la magia de la vida y de las personas, tan diferentes entre sí!!!! 🙂

      1. Totalmente! Creo que lo que la gente por ahí interpretó “mal”, fue lo de sonreír como acto de apertura y buena predisposición. Otra cosa es hacer cualquier cosa sin sentirla (sea sonreír o llorar). Soy de la idea de que hacer lo que sentimos nos hace felices. Si quiero sonreír sonrío, no me importa lo que piense el resto. Y si es momento de llorar, pues también. Creo que lo explicas muy bien, muy claro.
        Y sí, ¡vivan las diferencias! Sería muy aburrido el mundo si todos sintiéramos o pensáramos lo mismo :-).
        Gracias por tu respuesta, ¡muy buena semana!

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