Despertar

Acabo de despertar, aún estoy algo dormido. Me froto los ojos, pero no funciona, no es suficiente; parece que no hay manera de despertar, algunos sueños es difícil dejarlos atrás, las pesadillas son aún peores, permanecen durante mucho tiempo.

Vuelvo a frotarme los ojos, vidriosos, y no termino de ver la realidad. Sigo dormido, cansado, es fin de semana y hace calor, no me apetece hacer esto pero tengo que hacerlo. En mis sueños mi jardín no era el del Edén, sólo era un jardín en el que no crecían las rosas, sólo hierba sin sentido, hojarasca marchita y hojas secas, muy secas. Sueño que mi jardín es un jardín baldío, sueño porque sigo dormido, sueño porque me gusta soñar, aunque a veces los sueños se tornan pesadillas, aunque a veces los sueños son realidades que no se terminan de ver.

Escondo mi cansancio detrás de una taza de café y abro la ventana, ¡ya era hora de abrir la ventana! Observo mi jardín, atentamente, y por fin me decido a hacerlo, no me apetece pero tengo que hacerlo. Preparo las bolsas de basura, me he dado cuenta de que hay mucho que tirar.

Resoplo, no es fácil, va a ser arduo, lo sé, la conciencia lo hace peor… Y, en efecto, han sido unas horas muy duras, lo confieso; tengo las manos llagadas y alguna que otra herida que curar, hay plantas traicioneras que te clavan sus espinas, no obstante he logrado eliminar las malas hierbas, en mi jardín sólo queda lo bonito, lo mágico, las plantas vivas, los árboles frondosos y de raíces profundas, las flores coloridas. He apartado la basura.

Acabo de despertar, pero ya no estoy dormido… 😉

Saber leer…

A veces hay coincidencias curiosas, no se puede explicar si no que hablando de libros con un amigo aparezca el nombre de aquel que acabo de leer, ese mismo libro que ahora está leyendo mi madre gracias a mi recomendación y que, por cierto, le está gustando mucho. También es curioso que ese amigo realice un comentario negativo de dicho libro: “No entiendo ese libro. No he podido acabarlo nunca…”, cuando a mí me parece un libro difícilmente mejorable; porque Mazurca para dos muertos, del señor Camilo José Cela, es un libro inmejorable.

Yo no voy a defender a Don Camilo José Cela, me basta recordar que es al autor de La familia de Pascual Duarte… Con eso está dicho todo, el libro más perfecto jamás escrito habla por sí solo, y su autor merece respeto eterno. A uno, por mucho que le duela a sus enemigos, que el señor Cela tuvo y sigue teniendo miles, no le dan el premio Nobel así como así; ¡por algo será! ¡quizá hasta tenía talento!

El caso es que el comentario de mi amigo me hizo reflexionar sobre por qué a mí me gusta mucho el libro Mazurca para dos muertos y a otros, a muchos, no sólo no les gusta, sino que les aborrece. Entre las filias y las fobias, los gustos individuales, etc., hay algo de lo que quiero hablar y que creo que hace que muchos odien un libro como ése: La diferencia que existe entre leer y saber leer.

Leer bien.001

Hay muchos libros difíciles de leer. Unos son difíciles porque tratan temas horribles (muertes, violencias, etc.); otros son difíciles porque el autor usa palabras complejas y hay que estar revisando el diccionario cada cinco minutos; otros son difíciles porque te han dicho o has oído que el libro es bueno y cuando empiezas a leerlo te va decepcionando; otros son difíciles de leer porque directamente son horribles y no hay quien los lea; y, por último, están los libros como Mazurca para dos muertos, libros muy difíciles de leer porque el autor no sólo no facilita al lector la comprensión de lo que va a leer, sino que a cada paso que da le va poniendo más y más trabas. Este tipo de libros como el de Don Camilo no hay que leerlos, hay que saber leerlos, y aunque a día de hoy casi todo el mundo puede leer -¡gracias a Dios!-, son pocos los que realmente saben leer.

Si lees Mazurca para dos muertos encontrarás en ella situaciones y personajes aparentemente estúpidos y sin sentido alguno, enormes tonterías y bobadas, tantas y tan seguidas que perderás las ganas de seguir leyendo. En cambio, si sabes leer Mazurca para dos muertos encontrarás comentarios sagaces, metáforas desaforadas e inteligentes, descripciones irónicas, y explicaciones sutiles y perspicaces de la sociedad española de un momento concreto de nuestra historia: la Postguerra.

Pero bueno, el objetivo de escribir este post no es comentar si un libro es mejor o peor. Mi objetivo es reflexionar sobre ese “leer y escribir” que nos enseñan desde pequeños en las escuelas. Sí, nos enseñan a escribir, pero no nos enseñan cuándo dejar de escribir y acabar la frase -tan importante es lo que se escribe como lo que se deja de escribir-. Y sí, nos enseñan a leer, pero no nos enseñan a entender lo leído, y mucho menos a entender lo que no hemos leído -tan importante es lo que se ha leído como lo que no se ha leído (por omisión del autor del libro, me refiero, pues los silencios y las omisiones son numerosas y muy relevantes en cualquier escrito que se precie)-. Te dan una hoja y te dicen: “Escribe”, y tú escribes. Te dan un libro y te dicen: “Lee”, y tú lees. Claro, así pasa que años después llega el del Banco y te dice: “Firme”, y van algunos y firman…

Leer y entender.001Es cierto, dicen que lo mejor que le ha pasado al ser humano es aprender a hablar, a escribir y a leer; en una palabra: aprender a comunicarse. Yo, sin embargo, aunque en ocasiones preferiría no saber, creo que lo mejor que le ha pasado al ser humano es aprender a comprender. Porque yo sé leer y… ¿de qué me sirve leer un libro en chino si no entiendo lo que estoy leyendo? Porque yo sé escribir y… ¿de qué me sirve escribir en francés si no entiendo lo que estoy escribiendo? Porque yo sé hablar y… ¿de qué me sirve hablar en sueco si no entiendo lo que estoy diciendo? ¡Vaya! ¡Yo también puedo ser sarcástico!…

No obstante, llegados a este punto, mejor le dejo las ironías a Don Camilo, que celaba muy bien de su uso -yo no tengo tantas “entendederas”-. Eso sí, leed; y leed lo que sea, que leer es maravilloso. Yo os recomiendo la estupenda Mazurca para dos muertos -por cierto, y perdón por la expresión: vaya “huevos” hay que tener para escribir esa novela, valiente y arriesgada como pocas-, así os probáis a vosotros mismos si sólo habéis aprendido a leer, o habéis aprendido a saber leer… 😉

De sonrisas y llantos

Hace un par de días escribí en Twitter lo siguiente: “Debemos elegir muy bien a quién otorgarle nuestro llanto y nuestras sonrisas”. La frase en cuestión generó cierta polémica, polémica que yo ni pretendía generar ni me esperaba generar, por lo que al final opté por borrar el mensaje y zanjar el asunto por la vía rápida, que tampoco está uno a estas alturas para discusiones virtuales.

Todo el mundo cerraba filas junto a mí en lo de elegir a quién otorgarle el llanto. Por supuesto, nuestro llanto ha de ser para alguien -y por alguien- absolutamente especial. A todas luces ésta parece una tesis indiscutible; de hecho, la propia idiosincrasia del llanto comporta relevancia y valor respecto a quién o qué lo provoca: uno llora, ya sea llanto de tristeza o de felicidad -que también existe-, por ése, ésa o eso que le importa. Si no te importa lo más mínimo, no lloras, y no lloras aunque te lo propongas, que el oficio de plañidera está ya muy en desuso.

El problema de mi comentario residía en aquello de elegir a quién sonreír. En este sentido, he comprobado que hay mucha gente partidaria de “La teoría del todo“, de ir siempre con una sonrisa en la cara presta para todo aquel que se cruce en tu camino, porque de ese modo hacemos de este un lugar más agradable y mejor en el que vivir. Yo no dudo de la buena voluntad de la gente que defiende esa teoría, pero no estoy de acuerdo en absoluto.

Recuerdo una vez que caminaba por la calle Goya de Madrid y al llegar a la esquina con la calle Alcalá había unos chicos haciendo una encuesta. Una de las chicas se me acercó y me preguntó si podía hacer una encuesta, que era muy rápido, etc. Yo le dije que no podía y, mientras pasaba de largo a su lado, la sonreí. En eso que, una vez que ya la había dejado atrás, escuché que la chica le decía a un compañero/a: “Y ése de qué se ríe, es que acaso tengo una cara de la que reírse, es que soy alguien de quien reírse…”. Obviamente, aquel no era más que un gesto amable por mi parte, y aunque me dieron ganas de darme la vuelta y soltarle a la chica alguna frase de Sabina que aquí mejor no reproducir, no lo hice. Esta vivencia de apariencia anecdótica para mí no tuvo nada de anecdótico, por eso la saco a colación, porque me hizo considerar mi sonrisa como algo muy valioso, así como comprender la enorme valía que tiene que tener quien la recibe.

Aunque siempre soy amable y bien encarado con cualquiera, desde aquel instante no regalo ni una sonrisa porque mi sonrisa es la muestra de un estado de ánimo: alegría, contrario -en alguna ocasión es el mismo- al estado de ánimo con el que muestro llanto: tristeza; y si mi llanto no es para cualquiera, sino para alguien importante, mi sonrisa no debe ser para cualquiera, sino para alguien importante, pues mi alegría es tan relevante como mi tristeza. Además, si no estoy alegre…, ¿por qué tengo que sonreír? Sería una falta de respeto hacia mis propios sentimientos, también hacia los tuyos, que recibes un ánimo falso y ficticio, y no hay desánimo más real que el que produce el ánimo ficticio. Quizá por eso a aquel que me escribió en Twitter que “una sonrisa es algo maravilloso y ha de ser para todos” le contesté que “ojalá todos se mereciesen nuestra maravillosa sonrisa”, así como que “demasiadas veces reímos cosas que no tienen gracia; así nos va…”.

Cada cual tendrá su opinión al respecto, todas ellas respetables. Yo, en definitiva, hago con mi sonrisa lo que quiero, que para eso es mía. Tú haz con tu sonrisa lo que quieras, que para eso es tuya, únicamente tuya, pero nunca olvides que es enormemente relevante y debes valorarla como tal.

Nuestra increíble credulidad

La vida muchas veces es una mentira bien contada, una mentira despiadada, nada piadosa, que te crees sin rechistar. Te la crees porque quieres creer, ¡por qué no!, ¡quién no quiere creer!, y porque aquel que te la cuenta es alguien increíble. Sí, es curioso, por muy difícil que sea de creer, nos creemos al increíble y denostamos al creíble, generalmente porque el increíble te dice lo que quieres oír, mientras que el creíble te dice lo que tienes que oír. ¿Y quién quiere oír determinadas cosas? Nadie, yo tampoco, mejor no saber.

Todos hemos conocido a esos seres increíbles que de tan increíbles no te puedes creer que existan, porque en realidad no existen, nadie es increíble, sólo eres tú mismo el que consiente creer que lo son. ¡Qué inconsciencia!

Me acuerdo del día en que perdí la credulidad, ¡aquel sí fue un día increíble! Porque es increíble darte cuenta de que es mejor saber, de que algunos seres no tienen nada que contar; bueno, sí, algo tienen que contar, eso que nunca han dejado de contar: Mentiras, mentiras que sin darte cuenta te han ido minando, desenfocando, lastrando, consumiendo, agrietando, mentiras que nuestra increíble credulidad consintió creer y que ya, gracias a Dios, yo no me creo.

Yo, la verdad, ¡para qué mentir!, me sigo encontrando seres que parecen increíbles, que me siguen contando mentiras que parecen verdades, mentiras despiadadas que yo no me creo porque, la verdad, ¡para qué mentir!, desde hace ya mucho tiempo el único ser increíble en el que creo soy yo…

(El único ser increíble que debe existir eres tú para ti mismo)