Al borde del acantilado…

Estoy sentado al borde de un acantilado, el viento me da en los ojos, me lloran los ojos, las lágrimas caen sobre el libro que estoy escribiendo. Aún me queda mucho por escribir, en esta parte la tinta está corrida por ese llanto, en otras la tinta permanece firme, imperecedera, imborrable, pero en esta página la tinta se escurre, parece sangre esparciéndose.

Entre la niebla veo una noria que no gira, no como mi reloj, que sí gira; al revés, mi reloj gira al revés, sin embargo gira, no para, sigue y sigue girando, como tú, que giras y giras detrás de mí, te acercas, te sientas a mi lado, me das tu margarita, me das un beso en la mejilla, en esas lágrimas que han hecho sangrar las páginas de mi libro, pruebas esas lágrimas.

Entre la niebla veo un faro sin luz, la luz la ha robado un hombre, la trae inserta en un candil, con su barca, remando contracorriente, siempre contracorriente. Te cojo de la mano, con simpleza, sin fuerza, con la margarita entre ambas manos, entrelazada. Me llevo mi libro al corazón, la tinta sigue escurriéndose, ya menos, y mancha mi camiseta, a la altura de un duende, la misma altura del pecho. La mancha es de tinta y de sangre, también hay sangre, sangre de lo escrito y de lo que queda por escribir, y el duende se ríe.

Entre la niebla veo que la noria continúa sin girar, al igual que mi reloj, que ya no gira, tampoco al revés, simplemente se ha parado. Hay un faro sin luz, se la han robado, pero el ladrón navega contracorriente, la luz nunca llega a buen puerto. Me sigues cogiendo de la mano, con tu margarita, mientras con la otra mano limpias mis lágrimas. La mancha de mi camiseta se ha hecho grande, y el duende sonríe, ya no ríe, sólo sonríe.

Entre la niebla te suelto la mano, te levantas y te vas con tu margarita. El viento se ha calmado, ya no hay lágrimas en mis mejillas. Miro mi pecho, la mancha, la tinta y la sangre, el duende está serio porque yo sonrío. Me quito la camiseta y la tiro por el acantilado. El mar la engulle, el duende se ahoga con su sonrisa. Veo que la noria empieza a girar, igual que mi reloj, que ahora gira en la dirección correcta, gira y gira sin parar. La tinta del libro ya no se esparce como la sangre, se ha secado.

Tengo frío, tengo el pecho al descubierto, la luz sigue remando contra corriente, no llega, pero entre la niebla yo sigo escribiendo mi libro…

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