Será por la niebla. Será…

Hace tiempo que me puse a escribir una nueva novela a la que titulé: Iridiscencia. Es algo que quiero escribir, o, mejor dicho, es algo que tengo que escribir. Es de esas cosas que el cuerpo te pide, sí o sí. Sin embargo, por diversas cuestiones, unas más banales que otras, he tenido que irlo dejando. Es cierto, entre otras cosas todo el proceso de edición de mi novela: Agua seca y sal, que ahora que la he releído para contestar las sugerencias de mi editor he de confesar que, teniendo en cuenta la apuesta tan arriesgada e innovadora que comporta esto de buscar nuevos límites y formas narrativas, ha quedado fenomenal. Mi editor está asombrado y muy contento, ya lo sabéis, pues en un post anterior así os lo comuniqué.

Pero eso ya llegará, a final de año, si escribo este post es para mostraros un poco de esa novela apartada, que no olvidada, que necesito seguir escribiendo y que algo me dice que necesita ser escrita. Os hago llegar un relato corto que he sacado de lo que llevo escrito, que representa la esencia de lo que sería la novela: Iridiscencia, no toda, pues la novela pretende ser aún más mordaz, pero sí que podéis haceros una idea de lo que quiero transmitir en ella. Ahí os dejo el relato; lo he llamado: Será por la niebla. Será… Que os guste.

SERÁ POR LA NIEBLA. SERÁ…

La niebla hace ya tiempo que se ha extendido, lentamente y sin remedio, como las nieblas de siempre, rota, insípida, salpicada de cerrazón, una niebla envolvente que cubre los colores con llantos acuosos, una niebla desganada y huraña, lánguida, una niebla que enturbia los matices del mundo como una enfermedad cegadora y cruenta.

—Casi no se ve nada.

—Sí, cada vez hay menos luz; todo está más oscuro.

No se quede ahí, pase y siéntese, es bienvenido. Usted quería que le contase y le contaré en persona, que el cara a cara consiente menos misterios y farsas, y porque atenderle desde la lejanía no me parece bien entre gentes serias. A mí me gusta hablar, no hablo demasiado pues no tengo con quién, usted es el primero con el que hablo en mucho tiempo. Antes era diferente y se hablaba más, ahora no se habla porque nadie quiere ver la tristeza en tus ojos, ni que tú veas su tristeza en los suyos. Hablando se mira a los ojos, y los ojos de la gente últimamente están más oscuros, tienen menos luz y en ellos casi no se ve nada.

—Será por la niebla.

—Será…

Ahora se prefiere el teléfono, para hablar y para escribir. A mí no me gusta el teléfono, sí que me gusta hablar. También me gusta escribir, y si supiera escribir escribiría sobre esta niebla, pero no sé si dios me dio tal sabiduría. Lo que sí sé es cantar, aunque sólo en la ducha, y como me apetece cantar cantaré, así de paso me doy unas aguas, que nunca está de más, no vaya a ser que al final en esta casa lo que canten sean los alerones, o los pies, que sería peor. Lo que tampoco sé es qué cantar, ¿sabe usted? Yo era de Heroes del silencio, pero ya están en silencio, y lo que está en silencio mejor dejarlo callado no vaya a ser que renazca algún héroe que no debe renacer. Creo que hoy lo que gusta es Pablo Alborán, ¿no?; de él no voy a cantar nada, mejor me callo y me convierto en un héroe -¡qué fácil te conviertes ahora en héroe!-. Pongamos la radio, o mejor dejemos que canten los jilgueros y los mirlos; esto no es como antes, a día de hoy casi no quedan jilgueros y mirlos, y nadie se para a escucharlos -¡ahora nadie escucha lo que debe escuchar!-, yo sí, me gusta, sin embargo incluso en pueblos como éste se prefiere escuchar los motores y los gritos.

—Será por la niebla.

—Será…

Voy a ducharme, eso sí, ¡no se asuste!, quédese por aquí que desnudo pierdo un poco y enseñarle la tripa es cuestión de confianza, usted y yo no hemos llegado a tanto, aún, después ya veremos lo que haga falta ver. Hoy algunos te enseñan la tripa y lo que no es la tripa por menos de nada, a mí me da igual, que hagan lo que quieran, yo prefiero enseñar las carnes a quien me mira a los ojos, y como casi nadie mira ahora a los ojos porque últimamente están más oscuros, tienen menos luz y en ellos casi no se ve nada, pues hace tiempo que no las enseño. Yo de pudoroso tengo poco, pero tengo mucho de sentimental; hoy no hay sentimientos, a los corazones se les da el mismo valor que a los pantalones, los dos se abandonan juntos sobre la silla, o sobre el suelo si hay más prisa. Casi no quedan jilgueros y mirlos, y nadie se para a escucharlos. Casi no quedan corazones, y nadie se para a escucharlos -¡ahora nadie escucha lo que debe escuchar!-.

—Será por la niebla.

—Será…

Le dejo un momento, ahí tiene unos libros para entretenerse; todos son míos, ninguno prestado o de otros, no me gusta deberle nada a nadie ni que me deban. Tampoco me gusta cantar, pero sé. Sí me gusta escribir, pero no sé si sé; me gustaría ser escritor, es algo muy romántico, quizá algún día dejemos de despertarnos de nuestros sueños y podamos ser lo que queramos, no lo que quieren que seamos. Mientras tanto coja uno de mis libros y lea, que leer es otra manera de soñar. A mí no sólo me gusta escribir, me gusta escuchar y me gusta leer, también me gusta estar limpio y siempre me parece estar sucio, ¡sucio de tantas cosas!, es que sales a la calle y te llenas de mierda sólo caminando, es como una capa invisible que se te va pegando; hay tanta mierda por ahí que es imposible no sentirse sucio, ¡tanta mierda! 

—Será por la niebla.

—Será…

Perdone que le haya dejado solo este rato, necesitaba el agua y el jabón, para hablar de ciertas cosas mejor sentirse más limpio. Veo que está mirando mis fotos, esa es de mi familia. Yo adoro a mi familia, soy como los de antes, ahora de la familia casi se reniega, está como mal visto, salvo los que la necesitan para salir adelante, que desde que se ha extendido esta niebla son unos pocos más. En realidad siempre se ha renegado de la familia, algunos se han pasado a cuchillo los unos a los otros, hoy siguen pasándose a cuchillo, yo nunca lo haría. A mí no sólo me gusta escribir, me gusta escuchar, me gusta leer, me gusta estar limpio y también me gusta mi familia, en eso tengo el cuchillo sin afilar y sin usar, no tengo razón para ello, otros la encuentran aunque tampoco la tengan, me refiero a una razón para afilar el cuchillo y usarlo. Sólo hay una cosa más traicionera que el dinero: el hambre, y sólo hay una cosa más traicionera que el hambre: el hambre y el dinero. Ahora hay mucho de lo primero y poco de lo segundo, todo está más oscuro, hay menos luz y más cuchillos afilados.   

—Será por la niebla.

—Será…

Me doy cuenta de que no le he ofrecido nada para tomar, que aunque mucho no tengo algo sí que me queda. Desde que se ha extendido la niebla hay mucha más gente que no tiene nada que ofrecer, me refiero a comida y ese tipo de cosas, porque de lo intelectual hace años que casi nadie tiene nada que ofrecer. Esa otra foto es de mi graduación; y ya ha visto mis libros, esos son de ciencia, aquellos de historia. A mí no me gusta cantar, pero sé. Sí me gusta escribir, pero no sé si sé. También me gusta aprender y tener algo intelectual que ofrecer, pero no sé si lo tengo; es difícil de saber, y yo de sabio tengo poco, menos que de pudoroso –bueno, ¡eso no lo sé!-, mucho menos que de sentimental -¡eso sí que lo sé!-. Antes gustaba aprender, a mí me sigue gustando, también gustaba el que aprendía y tenía algo intelectual que ofrecer; es verdad, antes las guapas y las actrices iban de la mano del más erudito, actualmente van de la mano del que más grande la tiene, la cuenta corriente, de lo otro ya se buscan el tamaño después. Los hombres igual, ahora tiran más dos tetas que dos carretas; más que nunca, entiéndase, que tirar siempre han tirado más. Hoy no hay sentimientos, tampoco hay ganas de aprender y de tener algo intelectual que ofrecer, a los cerebros se les da el mismo valor que al papel higiénico, ya no se les da el mismo valor que al papel de los libros, que es cierto que toda clase de papel se hace de la madera, pero no es menos cierto que de la peor madera se hace el serrín. Ahora hay mucha hambre y poco dinero, hay menos luz y más cuchillos afilados, hay mucha mierda y demasiado serrín, ¡tanta mierda!, ¡tanto serrín!

—Será por la niebla.

—Será…

Disculpe, ¿le traigo un café, un té, un refresco frío, o prefiere algo de comer? Es que me gusta hablar y nunca tengo con quién, usted se deja mirar a los ojos y yo también, aunque a los dos se nos vea la tristeza en ellos. Además sabe usted escuchar, cosa que yo no sé si sé. Tampoco sé si sé escribir, ni sé si tengo algo intelectual que ofrecer, pero sí sé que puedo ofrecerle bebida y comida, otros no pueden. Ahora hay mucha hambre y poco dinero, parece la época de Guerra, con menos cuchillos afilados, ¡eso sí!, más que antes pero menos que entonces. Es cierto, hoy hay gente que no puede ofrecer comida porque no la tiene, no puede ofrecer ni casa porque no la tiene; o porque alguno se la ha quitado -¡que es peor!- sólo para comer más chuletones y agrandar sus propiedades. Es cierto, hay mucha hambre y menos dinero para algunos -¡que es peor!-, si fuera para todos ¡qué le íbamos a hacer!, pero para otros hay menos hambre y más dinero. Hoy no hay sentimientos, tampoco conciencia, al alma se le da el mismo valor que al polvo de un ladrillo, ese polvo que recubre a los niños sin cobijo, ese ladrillo lanzado contra los sueños cumplidos para destruirlos. Ahora hay menos luz y más cuchillos afilados, hay demasiado serrín y muchos sueños destruidos, ¡tanto serrín!, ¡tantos sueños destruidos! 

—Será por la niebla.

—Será…

Quizá no quiera usted eso y prefiera olvidar las penas tomando algo de alcohol. Tengo whisky que nunca tomo, otros sí, miles, decenas de miles lo toman, éste y otros alcoholes, también otras cosas peores que el alcohol, ellos sabrán. Yo no tomo alcohol o cosas peores porque no tengo razón para ello, bueno, razones habrá pero prefiero no hacerlo. A mí me gusta escribir, me gusta escuchar, me gusta leer, me gusta estar limpio, me gusta mi familia y me gusta tener algo intelectual que ofrecer, también me gusta sentir, mal o bien, lo que venga, ¡soy un sentimental!, no quiero olvidar las penas y quiero disfrutar las alegrías, otros no, ahora la gente no quiere saber de libros y menos de penas. Dicen que las penas con pan son menos, ¿no?, ahora hay más hambre y menos dinero -para algunos, ¡que es peor!-, así que como hay menos pan las penas son más y se busca otros “panes”, pero las penas con alcohol o con cosas peores no son menos, son distintas, siempre son penas, quedan ahí y no se van, se esconden afiladas para un día pasarte a cuchillo. Hoy no hay conciencia, todo está más oscuro, hay muchos sueños destruidos y demasiadas penas que esconder, ¡tantos sueños destruidos!, ¡tantas penas que esconder!

—Será por la niebla.

—Será…

¿Un refresco? De acuerdo… Pero si quiere otra cosa no se esconda, que a mí me gusta hablar pero me quedo ahí, no me gusta criticar ni juzgar. Yo lo entiendo, ahora hay que tener más cuidado que nunca porque la gente te critica y te juzga por cualquier cosa, sobre todo los que más habría que criticar y juzgar; también los amigos, hoy no hay amigos, ¡qué desgracia!, desde que se ha extendido la niebla no se conoce a nadie, ni siquiera a quien se conoce de toda la vida, a lo mejor es al revés y cuando se extiende la niebla se conoce de verdad a la gente. Ahora hay más oscuridad y menos luz, hay más hambre y menos dinero -para algunos, ¡que es peor!-, no hay sentimientos, ni conciencia; tampoco amigos, hoy no hay amigos, lo que hay es menos gente que mira a los ojos y más que mira a su espalda, a tu espalda, con el cuchillo afilado en una mano y la botella de alcohol en la otra, lo que hay son demasiadas penas que esconder y mucho que realmente criticar, ¡tantas penas que esconder!, ¡tanto que realmente criticar!

—Será por la niebla.

—Será…

Creo que estoy hablando en exceso, nunca tengo con quién, y por mucho que ambos tengamos los ojos tristes me gusta hablar con quien me escucha; es cierto que también me gusta estar solo, a veces, no siempre, la soledad es una compañera de la que no reniego, otros sí, otros por no estar solos son capaces de juntarse con quien haga falta, incluso con quien no les mira a los ojos. Hoy no hay sentimientos, ni conciencia, casi no quedan corazones y nadie se para a escucharlos -¡ahora nadie escucha lo que debe escuchar!-, ¡para qué!, ¡qué más da!, ahora los corazones son como ladrillos, pétreos, imperturbables, ladrillos que el tiempo convierte en polvo con el que recubrir a los niños sin cobijo, al menos sin cobijo sentimental, ¡qué es peor!, el otro cobijo quizá se lo quite alguien sólo para comer más chuletones y agrandar sus propiedades. Yo prefiero estar solo que mal acompañado, soy un sentimental, no entiendo determinadas cosas sin cariño, hoy no hay cariño –de amor ya ni hablo- y luego pasa lo que pasa, cuando no hay cariño las parejas se rompen, muchas, otras se pasan a cuchillo, menos -¡gracias a dios!-, aunque cada vez más -¡que es peor!-. Ahora no hay sentimientos, ni conciencia, ni amigos, hay mucho que realmente criticar y demasiado cariño sin dar, ¡tanto que realmente criticar!, ¡tanto cariño sin dar!

—Será por la niebla.

—Será…

Me estoy extendiendo y no es menester, que usted tiene trabajo y lo está desatendiendo, y ahora el trabajo hay que atenderlo o te lo quitan sin pestañear, si fuera para dárselo a otro ¡qué le vamos a hacer!, lo malo es que te lo quitan y no se lo dan a nadie, se convierte en polvo con el que recubrir aún más a los niños sin cobijo, ¡puñetero egoísmo!. Hoy no hay sentimientos, ni cariño, tampoco amigos; hoy lo que hay es más hambre y menos dinero -para algunos, ¡qué es peor!-, hay menos luz y más cuchillos afilados, hay mucha mierda y demasiado serrín, hay muchos sueños destruidos y demasiadas penas que esconder, hay mucho que realmente criticar y demasiado cariño sin dar, hoy algunos ni tienen trabajo ni casa, hoy hay tanto por lo que sentirse sucio que algunos se pasan a sí mismos a cuchillo, incluso sin necesidad de alcohol u otras cosas peores, las penas son tantas que ni eso las hace distintas.

—Será por la niebla.

—Será…

Pero no me malinterprete, que yo creer creo y esperanza tengo, otros no creen pero yo sí,  por eso no me paso a mí mismo a cuchillo, ni a los demás, precisamente es ahora cuando hay que creer. Todo esto pasa por esta jodida niebla que hace ya tanto tiempo que se ha extendido, y está pasando de verdad, se lo digo yo que lo veo con mis propios ojos y lo siento con mi propio corazón. Es cierto, usted quería que le contase y le he contado, desearía haberle contado otra cosa más agradable, pero esta jodida niebla no me lo permite. Quizá si usted le hubiese preguntado a otro ése le hubiera contado otra cosa, que ya sabe que entre las personas se da mucho eso de la iridiscencia, cada cual ve las cosas de un color según las mira, yo se las he contado del mío, de mi color, que por mucha niebla que se haya extendido sigue siendo el verde esperanza.

—Vaya con dios, buen cristiano. Y tenga cuidado, que casi no se ve nada.

    Será por la niebla.

—Será…

Al borde del acantilado…

Estoy sentado al borde de un acantilado, el viento me da en los ojos, me lloran los ojos, las lágrimas caen sobre el libro que estoy escribiendo. Aún me queda mucho por escribir, en esta parte la tinta está corrida por ese llanto, en otras la tinta permanece firme, imperecedera, imborrable, pero en esta página la tinta se escurre, parece sangre esparciéndose.

Entre la niebla veo una noria que no gira, no como mi reloj, que sí gira; al revés, mi reloj gira al revés, sin embargo gira, no para, sigue y sigue girando, como tú, que giras y giras detrás de mí, te acercas, te sientas a mi lado, me das tu margarita, me das un beso en la mejilla, en esas lágrimas que han hecho sangrar las páginas de mi libro, pruebas esas lágrimas.

Entre la niebla veo un faro sin luz, la luz la ha robado un hombre, la trae inserta en un candil, con su barca, remando contracorriente, siempre contracorriente. Te cojo de la mano, con simpleza, sin fuerza, con la margarita entre ambas manos, entrelazada. Me llevo mi libro al corazón, la tinta sigue escurriéndose, ya menos, y mancha mi camiseta, a la altura de un duende, la misma altura del pecho. La mancha es de tinta y de sangre, también hay sangre, sangre de lo escrito y de lo que queda por escribir, y el duende se ríe.

Entre la niebla veo que la noria continúa sin girar, al igual que mi reloj, que ya no gira, tampoco al revés, simplemente se ha parado. Hay un faro sin luz, se la han robado, pero el ladrón navega contracorriente, la luz nunca llega a buen puerto. Me sigues cogiendo de la mano, con tu margarita, mientras con la otra mano limpias mis lágrimas. La mancha de mi camiseta se ha hecho grande, y el duende sonríe, ya no ríe, sólo sonríe.

Entre la niebla te suelto la mano, te levantas y te vas con tu margarita. El viento se ha calmado, ya no hay lágrimas en mis mejillas. Miro mi pecho, la mancha, la tinta y la sangre, el duende está serio porque yo sonrío. Me quito la camiseta y la tiro por el acantilado. El mar la engulle, el duende se ahoga con su sonrisa. Veo que la noria empieza a girar, igual que mi reloj, que ahora gira en la dirección correcta, gira y gira sin parar. La tinta del libro ya no se esparce como la sangre, se ha secado.

Tengo frío, tengo el pecho al descubierto, la luz sigue remando contra corriente, no llega, pero entre la niebla yo sigo escribiendo mi libro…

Parcelas

Hace mucho tiempo puse un anuncio en el que confirmaba que se había acabado la construcción de las parcelas de mi corazón, así como su salida a la venta.

Al principio fue todo un éxito, las parcelas familiares se vendieron todas enseguida. Otras parcelas, aquellas que reservé para amigos y conocidos fueron poco a poco vendiéndose, con mayor o menor esfuerzo y tino, pero alcanzaron un número de ventas razonablemente satisfactorio.

Sin embargo, con el resto de parcelas no he corrido la misma suerte. De acuerdo en que alguna que otra grieta y gotera ha habido que arreglar en estas parcelas durante los últimos años; no obstante, he de decir que son muy buenas parcelas, muy buenas, construidas con conocimiento, fuertes, con cimientos sólidos e inquebrantables. Pero no ha habido fortuna, siguen vacías y sin vender. Y mira que se ha intentado, porque inquilinos ha habido; ¡y de todo tipo!, desde un gnomo hasta un monstruo de mil cabezas, desde una ninfa hasta una mujer lobo -que yo creía que la Licantropía era propia de los hombres; he de confesar que no es así-.

El último inquilino en llegar es un maravilloso elfo -sí, he dicho bien, un elfo-. Le he alquilado una de las mejores parcelas, con piscina, jardín y todo lo que necesite. Sinceramente, aunque el contrato que hemos firmado es un alquiler con derecho a compra, no creo que se quede. Nadie lo hace, y este elfo es demasiado errante.

De todas formas, no pierdo la esperanza; algún día, antes o después, las parcelas se venderán… 🙂