El cazador (1)

Lucio no puede hablar, pero sus ojos hablan por sí solos. Están extrañamente iluminados, y parecen iridiscentes. Azules, marrones, verdes, según se mire. Lucio no tiene lengua, se la cortaron cuando era pequeño; fue por orden de un capo de la droga, el mismo que le pegó un tiro entre ceja y ceja a su madre delante de él. La vida en Centroamérica no es para todos sencilla. Los ojos se los dejaron sanos para que viera la crueldad de la vida.

Lucio no puede hablar, su lengua terminó hace años en un vertedero de la ciudad, junto a muchos de sus dientes. También le rompieron la mandíbula. Tuvieron que rehacérsela entera; no quedó muy bien, se notan las deformaciones.

Lucio no puede hablar. No le hace falta, todo lo que quiere decir lo expresa con sus ojos. Tiene los dos, la mirada no se la han podido robar, una mirada limpia y honesta, como la mirada de todos aquellos a los que no les queda nada que perder. Lucio vive en un chiscón mugriento repleto de moscas. Sólo tiene un perro, nada más que perder.

Lucio no puede hablar. Da igual, no sabe. Da igual, no tiene con quien. Da igual, está sólo. Lucio habla a través de su mirada, de color miel cuando está junto a su perro, de color negro cuando se enfada, de color azul cuando se refleja en el mar, de color verde cuando le da por pensar, de color rojo cuando sale a cazar; porque a Lucio le gusta cazar. Lo hace al ponerse el sol, acompañado de su pitbull y de su cuchillo de sierra.

Lucio Sánchez Juárez no caza animales, caza personas…

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