El cazador (2)

Lucio Sánchez Juárez no caza animales, caza personas porque los animales no le han hecho nada. El eco de los ladridos de su perro es lo único que le hace parecer una persona. Lucio es más un animal que una persona, es una alimaña, un depredador que sólo quiere a su perro, ni siquiera se quiere a sí mismo.

Lucio no caza animales, pero caza como un animal. El animal cuando caza es metódico, observa, calla, piensa, escucha, elige, decide. Lucio es un animal metódico, un cazador que observa su entorno, en silencio, pensando qué hacer, escuchando su alma y su sed de sangre, eligiendo su mejor opción, decidiendo la suerte de su mundo y del mundo de sus futuros cadáveres.

Lucio no caza animales, nunca lo hará, lo supo cuando su perro le lamió la mano por primera vez, lo supo cuando probó la sangre humana por primera vez, lo supo siempre, lo supo desde que mataron a su madre delante de él, lo supo desde que le destrozaron su mandíbula y le cortaron la lengua, lo supo desde que comprendió quienes eran los verdaderos animales.

Lucio caza personas, caza verdaderos animales, el primero fue un hombre que pegó a su perro. Bajo la luz de la luna Lucio le cortó la yugular, le dio diez navajazos, le destrozó la cara, bebió de sus entrañas. Aquel día los ojos de Lucio fueron rojos por primera vez, vomitaban fuego, el fuego de todo lo sufrido, de todo lo que le quema por dentro.

Lucio mata por placer, a sangre fría, y hoy ha vuelto a salir…

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El cazador (1)

Lucio no puede hablar, pero sus ojos hablan por sí solos. Están extrañamente iluminados, y parecen iridiscentes. Azules, marrones, verdes, según se mire. Lucio no tiene lengua, se la cortaron cuando era pequeño; fue por orden de un capo de la droga, el mismo que le pegó un tiro entre ceja y ceja a su madre delante de él. La vida en Centroamérica no es para todos sencilla. Los ojos se los dejaron sanos para que viera la crueldad de la vida.

Lucio no puede hablar, su lengua terminó hace años en un vertedero de la ciudad, junto a muchos de sus dientes. También le rompieron la mandíbula. Tuvieron que rehacérsela entera; no quedó muy bien, se notan las deformaciones.

Lucio no puede hablar. No le hace falta, todo lo que quiere decir lo expresa con sus ojos. Tiene los dos, la mirada no se la han podido robar, una mirada limpia y honesta, como la mirada de todos aquellos a los que no les queda nada que perder. Lucio vive en un chiscón mugriento repleto de moscas. Sólo tiene un perro, nada más que perder.

Lucio no puede hablar. Da igual, no sabe. Da igual, no tiene con quien. Da igual, está sólo. Lucio habla a través de su mirada, de color miel cuando está junto a su perro, de color negro cuando se enfada, de color azul cuando se refleja en el mar, de color verde cuando le da por pensar, de color rojo cuando sale a cazar; porque a Lucio le gusta cazar. Lo hace al ponerse el sol, acompañado de su pitbull y de su cuchillo de sierra.

Lucio Sánchez Juárez no caza animales, caza personas…

El día de hoy

El día pasa austero y corrompido,

caen las lágrimas por las mejillas del olvido,

las montañas se encienden con un candil escondido,

las puertas de cierran, se pierde lo vivido,

la muerte afila con las uñas una guadaña sin filo,

los árboles desnudan sus copas de vino,

yo escribo ahora, en esta soledad sin sonido,

con mi perra a mi lado como único amigo,

estas palabras sin mucho sentido.

Mi tiempo

Mi tiempo pasa como un reloj sin manecillas,

como el canto de un cuco en un reloj de sol,

como una sombra negra en un reloj de bolsillo,

como un saco vacío en un reloj de arena,

como un desierto seco en un reloj de pulsera,

como una esclava ausente en un reloj de cuco,

mi tiempo pasa por el ojo de una aguja,

aguja hilada con la que coso para pasar mi tiempo.