La tierra de los libres

Hace dos días, cuando el señor Ricks se me acercó y me preguntó si quería algo, no sé por qué me dio por pedirle un poco de papel y un lapicero. Para serle sincero, ni siquiera pensaba que me los fuera a dar, por lo que, desde que los tengo conmigo, me he pasado el tiempo reflexionando sobre qué hacer con ellos; y no sólo sobre si debía utilizarlos para narrar mi historia, mi vida, como en un principio creí que sería buena idea, sino, yendo aún más allá, sobre si debía utilizarlos o no. Al final, aunque le confieso que no sé muy bien cómo hacerlo ni qué contarle, como puede ver, después de mucho meditarlo, me he decidido a rellenar estos folios.

Lo cierto es que eso, meditar, es lo único que podemos hacer los que nos encontramos entre estas cuatro paredes. Es lo único que nos queda y que nos mantiene relativamente alejados de la locura. Muy cierto. Y meditamos sobre cualquier cosa: qué esconde la mirada del que tenemos enfrente —-porque aquí no te puedes fiar de nadie, cómo es que ese que se supone que me hablaba ya no lo hace porque aquí no hay amigos, por qué se produjo aquel grito que escuchamos por la noche porque aquí sufrimos como lo que somos, presas de los animales que ostentan poder, quién talló las palabras Love y Peace en uno de estos muros porque aquí también sentimos, más hondamente si cabe,…

Así son los días de un encarcelado, así pasan nuestras horas, entre objetos, individuos y sucesos en los que no repararíamos ni tendrían para nosotros la menor importancia si nuestras circunstancias fueran distintas. Es muy duro reconocerlo, pero, aquí dentro, ni yo ni lo que me ocurre le importa a nadie, al igual que a mí ya han dejado de importarme los demás y lo que les ocurre.

Y es algo que he de admitir con gran pena, porque yo antes era totalmente distinto, un buscador de la verdad, un luchador por causas perdidas, un hombre con fuerza, con dignidad, con honor, con honestidad, con conciencia, con decencia. Todo eso que yo defendía y tenía, además de una serie de cosas más materiales y vulgares, las perdí hace hoy cinco años, cinco meses y veinticuatro días no puedo evitar llevar la cuenta de cada minuto transcurrido desde que entré en este salvaje lugar; o, más bien, me las robaron, aunque eso es algo difícil de medir.

Porque, realmente, en mi situación: ¿hasta qué punto me robaron mi vida y hasta qué punto fui yo el que la perdí? Yo era periodista, sabía dónde me metía, sabía lo que hacía, sabía dónde vivía, sabía a lo que me exponía, sabía lo que iba a escribir. Y tenía una existencia muy superior a la de la gran mayoría de los habitantes de estas tierras, una consideración de gran profesional, de gran hombre, una posición muy respetada. Era envidiado; “allí está Mohamed Kamara, el hombre sabio, el ilustrado”, murmuraban mis vecinos al verme paseando por las calles del pueblo… ¿Por qué tiré todo eso a la basura? Esa pregunta me ha perseguido durante estos años, si bien, a estas alturas, ya me da un poco igual. En el fondo, ahora ya no soy más que un muerto en vida…

Antes le he dicho un nombre y, sí, ese soy yo: Mohamed Kamara. No se preocupe, sé que mi nombre no le dirá nada, que no me conoce. No he sido nadie importante a nivel internacional; ni un gran deportista, ni un político famoso, ni un científico, ni he inventado algo por lo que se me recuerde, aunque… ¿debería conocerme?…

Ciertamente sí, debería. No obstante, yo no soy hombre que se lleve a engaño; el mundo es así, la gente cada vez posee menos consideración y escrúpulos hacia lo que pasa más allá de sus propias narices, cada vez hay menos conocimiento curioso, teniendo en cuenta que estamos en lo que alguien tuvo a bien denominar: “Era de la información”…, y, lo que es peor, cada vez hay menos ganas de conocer hace tiempo que nos pudo la dejadez, de saber que existen miles de casos como el mío, personas oprimidas, calladas, recluidas y masacradas porque un día decidimos denunciar la situación de nuestros países, de nuestros gobiernos, de nuestra familia, de nuestros conocidos, de nuestro mundo.

Y es exactamente por eso, por denunciar desde el periódico en el que trabajaba los abusos y la violencia de un gobierno despótico, que las fuerzas gubernamentales entraron en mi casa, me golpearon y me sacaron de ella a rastras para lanzarme a este agujero infesto, sucio y que huele a meados en el que la sequedad de los veranos te quema los huesos, la niebla del otoño te ciega el alma, y la lluvia del invierno te cala la sangre.

Lo que hace de esto algo sumamente irónico, incluso risible, es que esta carencia de libertades se produzca en un país llamado Liberia, la “Tierra de los libres”. Y por si eso fuera poco, para todavía mayor sarcasmo, no hay libertad en un país que fue fundado para los esclavos norteamericanos liberados de semejante hecho surgió su nombre, esclavos que olvidaron su pasado y hoy esclavizan a otros. ¿Qué pensarían nuestros tatarabuelos si vieran en lo que se ha convertido este país? La “Tierra de los libres” es ahora la “Tierra de los esclavos”, aunque yo creo que siempre fue lo segundo, y nunca lo primero, pues en ningún momento ha tenido relevancia la vida de nadie dentro de estas fronteras.

Y, aunque pueda parecer lo contrario, ni siquiera la tiene ahora que nos gobierna una Premio Nobel de la Paz… ¿Por qué? Porque ya no estamos inmersos en Guerras Civiles, ni en las terribles dictaduras de políticos sin miramiento alguno, ni en el no menos terrible sometimiento económico de los países del primer mundo a través de la explotación de uno de nuestros grandes recursos, como el hierro, el caucho o los diamantes; porque actualmente estamos inmersos en algo mucho más triste, en la peor de las dictaduras: la de nuestra propia ignorancia.

Por supuesto, de entre todas esas vidas que no valen nada, una es la mía. Tengo cuarenta años y un extenso pasado, pero no tengo futuro en realidad, habiendo nacido y crecido aquí, nunca lo tuve…. Dentro de cuatro días estaré muerto. Seré ejecutado en la horca por el delito de alta traición. Estas han sido, por lo tanto, mis últimas palabras…

Gracias.

Mohamed Kamara Johnson, preso nº: 27045

Prisión de máxima seguridad de Zwedru, sureste de Liberia,

24 de febrero de 2009

P.D: Por favor, como mi última voluntad, entréguenle esta carta al señor George Alí Séfora, pastor de las almas que habitan en esta cárcel, para que haga con ella lo que él considere oportuno. También, por favor, les pido que busquen a mi esposa Samira y a mi hijo André y les digan, allá donde estén, que los quiero, así como que, aunque sé que el daño que les he provocado es irreparable, intenten perdonarme; nunca debí creer que esta era, de verdad, la “Tierra de los libres”…

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6 comentarios en “La tierra de los libres

  1. abuita

    Enhorabuena. Un relato precioso cargado de sentimiento. Por desgracia su contenido ha estado, está y estará vigente por mucho tiempo.La libertad de expresión es la asignatura pendiente de los dirigentes que se han quedado anclados en la dictadura de su propia ignorancia.

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